Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
JOSÉ GARCÍA PÉREZ

José García Pérez

 

         Sin duda alguna que los años son los culpables de que todo se vaya viendo de forma diferente y de que uno diga cosas que pueden sentar mal a algunos lectores, pero bueno. Digo lo anterior, porque esto de la Gran Eucaristía de la Familia Cristiana celebrada ayer en Madrid parece salirse del tiesto fundamental de lo cristiano.

 

         En cierta ocasión, al culpable de toda esta algarada en que se están convirtiendo los dichos y hechos de un hombre que pasó haciendo el bien, me refiero a Jesús de Nazaret, no sé por qué motivo, pues me llevaría un cierto tiempo escudriñar las Escrituras, le dijeron algunos fariseos y vecinos: “Tu madre y tus hermanos están ahí” y él, Jesús, mirándolos de arriba abajo, les contestó: “mi madre y mis hermanos son los que cumplen la voluntad del Padre.”

 

         En ese momento, Jesús había liquidado del término familia todo lo relativo a lo consanguíneo, o sea, a que la familia es el conjunto de seres unidos por lazos de sangre, y en su lugar había introducido el concepto de fe como elemento de unión de dos o más personas. Yo no sé si María, la esposa de José, se quedó de piedra cuando escuchó de su amadísimo hijo semejante frase, pero desde luego puedo afirmar y lo afirmo que a la señora Antonia, mi madre, le hubiese sentado fatal esa concepción teológica de nuestras relaciones.

 

         La familia es una institución civil, no religiosa, lo que no excluye que muchas de ellas tengan una misma fe, así como tampoco excluye que no posean ninguna o que algunos familiares se sientan miembros de una determinada confesión y otros, siempre de la misma familia, de otra diferente.

 

         En la mía, que es una familia normal, existen miembros que viven la eucaristía como la Iglesia manda (mala cosa eso de mandar), o sea, domingos y fiestas de guardar, los hay que acuden al templo cuando lo creen oportuno y también están los que no ven el dintel del mismo ni por asomo, pero todos ellos, créanme formamos una familia con fuertes vínculos de amor, tolerancia y respeto.

 

         Ha afirmado el cardenal Rouco que sin la familia cristiana “Europa se quedaría prácticamente sin hijos o, lo que es lo mismo, sin el futuro  de la vida.” Creo que se ha pasado tres pueblos en un santiamén.

 

         Para acabar afirmo, con cierto complejo, que a mi familia, a su estilo, la considero cristiana, pero sin creerse salvadora de Europa y muy alejada de cualquier tufo fundamentalista.