Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
JOSÉ CENIZO JIMÉNEZ

José Cenizo

         El pasado viernes 19 de marzo se representó en el teatro Lope de Vega de Sevilla la obra “La charca inútil”, adaptación de la obra del mismo título de David Desola, con la que ganó el prestigioso premio “Lope de Vega” en 1997.

  Aparecen en escena continuamente tres personajes, aunque cabría decir cuatro (ese hijo fantasmal): Irene, una madre que decide ser feliz, en su locura, después de perder a su hijo en el  atentado terrorista en la estación de tren de Madrid; Óscar, un profesor que pasea su soledad y su sentimiento de cobardía por un parque otoñal tras ser golpea­­do y humillado por sus alumnos y puesto en el escaparate mediático brutalmente, y Hierofante, su viejo maestro, que servirá de vínculo en esta extraña relación entre los dos personajes anteriores.  “De fondo hay un tema que es la búsqueda de la felicidad y el derecho que cada uno tiene a buscar esa felicidad y a vivirla como quiera sin que nadie se meta en la vida privada de las personas”, ha afirmado Roberto Cerdá, el director. Y así es, lo que vemos en escena, de modo poco estridente, intimista, depurado, esencial,  es la lucha de unos seres que han sufrido mucho por seguir adelante aunque sea en medio de la mentira piadosa. Cuando Óscar se harta de esta táctica y quiere hacer ver la verdad definitivamente a Irene, la relación se rompe, el lirismo se vuelve prosa y la realidad se impone: Irene rechaza el incipiente noviazgo que empezaba a surgir, y el vapuleado e inseguro maestro descubre su persistente soledad, al par que vemos cómo el otro personaje, Hierofante, no es más que otra quimera, un alter ego de Óscar. Precisamente el viejo maestro es quizá el personaje más fresco, dicharachero, despreocupado, interpretado muy bien por Miguel Palenzuela. Adolfo Fernández  -Óscar- e Irene –Sonia Almarcha- cumplen con sus papeles, más atormentados, aunque en el caso de Irene el sufrimiento esté paliado -falsamente- por la sábana de la locura. Es acertada la escenografía, sencilla y profunda, donde el árbol desnudo es símbolo de soledad o el armario del paso de una realidad a otra, de misterio y frontera. Y esa charca sin patos, inútil, como un profesor sin alumnos La iluminación y la música acompañan los momentos de transición entre lugares y momentos. Una obra austera y profunda en definitiva, que emociona por su contenido tormento.