Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
JOSÉ CENIZO JIMÉNEZ

José Cenizo Jiménez

Cartel anunciador de la obra

         La tragedia del Rey Ricardo III es una de las obras más emblemáticas de William Shakespeare. El genio intentó expresar aquí, sin tapujos, la crueldad en estado puro, la ambición de poder que lleva a violar todas las normas de la vida, hasta dejar a sus espaldas asesinatos aun dentro de la misma familia. Basado en el conflicto llamado Guerra de las Rosas, entre las casas reales inglesas de York (la rosa blanca) y de Lancaster (la rosa roja), sugiere la extrema maldad que luego la historia se ha encargado, por desgracia, de reencarnar en tantos y tantos políticos y mandamases sin escrúpulos. Pero lo que llama la atención en esta obra es la desfachatez, la osadía del personaje, que en un alarde de sarcasmos sobre  el amor, la religión, la familia o la bondad, arrasa con todos los que se opone a su escalada de poder. De poder y de sangre.

         La representación de la obra en el teatro Lope de Vega de Sevilla -asistimos el 30 de abril-  nos pareció muy correcta y con llegada retórica y emocional. Dirigidos por Ricardo Iniesta, los actores han dado con la clave dramatúrgica trágica necesaria para acercarnos a una obra de estas características. Destacaríamos aspectos como la música, la escenografía (unos asientos alargados en el respaldo para servir, a la vez, como lanzas) o el vestuario, donde ha habido un gran esfuerzo, junto al maquillaje y peluquería. Pero como todo gira en torno a Ricardo III, digamos que el actor que da vida al personaje, Jerónimo Arenal, consigue transmitir la vileza, la burla, incluso -al final- la tenebrosa sombra de la pesadilla o los agónicos retumbos de la muerte.  A su alrededor, un buen elenco de actores y actrices, cada uno en su lugar, sin estridencias ni desacordes en la dicción o en los movimientos.  Algunos de ellos hacen varios personajes, demostrando su versatilidad, como el caso de la experta Carmen Gallardo.

         Acertada adaptación, pues, de la tragedia rotunda y visceral, con todos sus recovecos simbólicos (el jabalí, las sombras…) y la fuerza de las maldiciones y los malos augurios. Un intento de transmisión serio y denso, sin desvirtuar la esencia del original.