Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
ANTONIO MORENO AYORA
Al cumplirse un año de la inesperada desaparición del novelista Campos Reina, la Librería Rayuela honra su memoria y su mundo literario dedicándole un acto en que conjuga la música y el recitado de sus textos.

Juan Campos Reina

Antonio Moreno Ayora

En literatura, como en política, la actualidad se hace a golpe de prensa. Cuando se deja de hablar de un acontecimiento, porque otros lo relegan al plano del olvido, ese acontecimiento pasa a formar parte del recuerdo. Y nada mejor que el recuerdo –que el merecido recuerdo– para traer ahora a colación el nombre del cordobés y malagueño Campos Reina, ahora en octubre cuando se cumple, ¡aciago 27 de octubre!, el primer aniversario de su muerte también desatenta (como calificó Miguel Hernández la de su amigo Ramón Sijé).

            Para recobrar su memoria, para honrarlo al tiempo que en la cercanía en la intimidad del cálido aprecio, se reunieron en Málaga el pasado lunes 18, algunas más de cuarenta personas que eran amigos, lectores, familiares, admiradores de su prosa inigualable y de su apacible poesía. Y todos, al amparo del Foro Rayuela (léase Librería Rayuela, en la simbólica Plaza de la Merced malagueña), quisieron oír fragmentos de su prosa y poemas recitados por la actriz Adelfa Calvo, acompañada por el violín trémulo de Enrique Schussler (Orquesta de Málaga). El acto, con textos seleccionados por el escritor Rafael Ballesteros junto con Fernanda Suárez (la viuda del autor), constituyó el primer homenaje con que se honra, al año de su muerte, su inextinguible presencia. A este seguirá, seguramente muy pronto, la apertura de la Biblioteca Juan Campos Reina, que el Ayuntamiento de Puente Genil le va a dedicar en su inolvidable patria de nacimiento. Juan, que tan cumplidor, tan afable, tan recóndito y buen caballero era, se lo merece con creces.

Por esta última razón, el programa del acto se centró, al margen de la presentación del nuevo "Foro Rayuela" a cargo de Juan Manuel Cruz (a su vez presidente de la Federación Andaluza de Libreros), en la interpretación por parte de Enrique Schussler de composiciones de Bach, Gluck y un arreglo para violín de Erik Satie, pianista admirado por Campos Reina a cuyos acordes ya en su día nos declaró que había escrito La cabeza de Orfeo “escuchando música de Satie y dejándome invadir por la ciudad” (pensemos, en este caso, en la de Sevilla). Alternándose con el violinista, Adelfa Calvo fue leyendo extractos de las cinco novelas de los Maruján y asimismo varios fragmentos del ensayo póstumo De Camus a Kioto y de algunas de las poesías ya publicadas en distintos libros y revistas. Adelfa, con pausada dicción y complacientes gestos delatores de su compenetración con el contenido literario, demostró ante el auditorio no solo sus cualidades interpretativas sino al mismo tiempo también su capacidad para acceder y comunicar el mundo narrativo y emocional del escritor.

La emoción, sin duda alguna, penetraba con la voz de Adelfa en la pequeña sala de la librería. Cuando esta recordaba a Joaquín Maruján, víctima de los infortunios de la guerra civil y a punto de encajar su último “paseo” en la madrugada cordobesa; cuando quiso trasladarnos a la sensualidad del entono andaluz que sugería la descripción de Blanca en Un desierto de seda; cuando ponía en sus labios la fuerza emotiva con que vibran los versos del poema Seppuko o la volátil humareda con que envuelven los vegueros la tranquilidad sugerida en otro título, el público se mostraba atento, compungido, excitado, enervado o apacible para acompasar su ánimo a la cambiante dramatización de Adelfa. Si un escritor desparece y sus lectores no lo abandonan, sino que lo evocan con frecuencia y con fruición, su mundo seguirá trazado y su palabra se alzará libre por el tiempo y el recuerdo. Como en una premonición, Campos Reina ya asumía estas circunstancias al escribir, bajo el rótulo Desciende la voz de la soprano, que “Heredero de nada, / resumido en un lecho, / ya soy, amor, del aire”.