Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
GERARDO PIÑA-ROSALES
A propósito de "Diccionario de palabras para andar por casa" de Manuel Garrido Palacios. Artículo publicado en Volumen 7, Número 5 de Enero de 2011 en GLOSAS, Academia Norteamericana de la Lengua Española.   Garrido Palacios, colaborador de Papel Literario, es Académico de la misma

Manuel Garrido Palacios

Universidad de Huelva

Anagrama de la Academia

 

 

Por mor de mi cargo en la ANLE más que por mis conocimientos lexicográficos, de vez en cuando me veo precisado a reseñar la aparición de algún nuevo diccionario. Es el caso que ahora me ocupa: la presentación de la tercera edición del “Diccionario de palabras para andar por casa”, de mi buen amigo y colega Manuel Garrido Palacios. Él sabrá perdonarme este atrevimiento, pues, al fin y al cabo, obedece tan solo a un deseo irreprimible, hijo de las varias circunstancias vitales que aquí convergen: Garrido Palacios es de Huelva, yo soy de Cádiz; ambos somos defensores a ultranza del habla andaluza; y los dos fuimos íntimos amigos de aquel gran onubense que se llamó Odón Betanzos Palacios. 

Manuel Garrido Palacios es lo que se dice un verdadero humanista: etnógrafo —“El cancionero de Alosno” (1996)—, novelista —“El abandonarlo” (2001)—, poeta —“Brocal” (1964)—, cuentista —“Historias de un destiempo” (2008)—, ensayista (lean ustedes algunos de los estupendos ensayos agavillados en su blog), realizador de cine y qué sé yo cuántas cosas más. Y desde hace años, Correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, con la que, asidua y puntualmente, colabora.

Convendrán ustedes conmigo que la elaboración de un diccionario como este solo se puede llevar a feliz término si se aman con apasionamiento las palabras; las palabras y la tierra feraz de donde brotan.  Estamos ante un diccionario singular: un diccionario que recoge voces y expresiones de una región muy concreta de la geografía española: Huelva y su provincia. Para mí, abrir las páginas de este diccionario es adentrarme, hurgar, escarbar en mis propias raíces. Siempre he creído que las raíces se llevan dentro, y que vaya uno donde vaya, nunca se deja de ser lo que se es. Pese a mis tres décadas de vida en Nueva York, no he dejado jamás de sentirme profundamente andaluz. No digo que el emigrante, el exiliado, deba rechazar el influjo del país o países de asilo (lo que sería tan contraproducente como monstruoso), sino que pese a la lejanía en el tiempo y en el espacio, esa pulsión que nos lleva a reconocernos en el otro, en el hombre de nuestro propio terruño vital, en sus palabras, en sus expresiones, en su acento, en sus gestos, no debería morir nunca. Es más, en ella se oculta la clave de nuestro verdadero sentir, de nuestra identidad más genuina. Hojeando este “Diccionario…” de Garrido Palacios, pronunciando en voz bajita aquella o esta palabra —palabras luminosas, palabras con sabor a mar, palabras con olor a sierra—, he sentido que recuperaba recuerdos adormecidos de mi infancia, paraíso perdido. Aquella tierra, aquel sol, aquel mar, aquellas sierras me hablaban al oído, me cantaban por fandangos y por alegrías. Huelva y Cádiz. ¡Casi ná!

El “Diccionario…” de Garrido Palacios me traslada también a la primera vez que pisé tierras onubenses, al año 1994, invitado por Odón Betanzos a participar en un congreso de académicos en la Universidad Internacional de Andalucía, en La Rábida. Tuve entonces la dicha de conocer Rociana del Condado, y Trigueros, y Punta Umbría, y Mazagón, y Moguer, y Niebla, y Palos de la Frontera. Los recuerdos van y vienen: el fragante aroma de los pinares de La Rábida; las barcazas desgüesadas, semihundidas en el lozadal, en la desembocadura del Tinto y el Odiel; y el mar, siempre el mar, calándolo todo, sellando con su beso de sal aquel entorno mítico.

Otra de las razones por las que desde el principio este “Diccionario de palabras para andar por casa” me ilusionó tanto, tuvo y tiene mucho que ver con otro de mis caballos de batalla: el andaluz. Como dije antes, he sido siempre defensor acérrimo del habla andaluza. Por ello, cuando oigo en la Radio Televisión de Andalucía a locutores y locutoras hablando (o esforzándose en hablar) un castellano castizo me lleno de vergüenza ajena y de indignación. No es que tenga nada en contra de la pronunciación castellana (todo lo contrario), pero esa actitud camaleónica me parece una verdadera falta de responsabilidad, una aceptación tácita del complejo de inferioridad que todavía, ¡parece mentira!, acarrean muchos andaluces. Yo les aconsejaría a esos locutores y locutoras de medio pelo que tuvieran siempre a mano el “Diccionario de palabras para andar por casa” de Manuel Garrido Palacios para que no se olvidaran nunca de la gran riqueza léxica de nuestros pueblos, ni del habla andaluza, un habla, y lo dice nada menos que Rafael Lapesa, “de fonología y morfosintaxis revolucionarias”.