Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
JARDIEL PONCELA
Crónica de "Angelina y el honor de un brigadier"

José Cenizo

Teatro Lope de Vega

         “Es otro tiempo, un siglo lejano, para Jardiel, las postrimerías de la época colonial española. Transposición teatral de la memoria.  Angelina transcurre en la primavera de 1880. Un tiempo nuevo llama a la puerta. Renovarse o morir, aunque morir de risa. Jardiel trae humor nuevo, el tinglado de la antigua farsa cruje y descubrimos atónitos que lo que relucía no era oro, es latón. Y se oxida. Este humor ventila, airea, ilumina, hiere, purifica y es un gratificante distanciamiento para revisar los mitos y las grandes palabras, ya tan polvorientas, que durante siglos, guardadas en escapularios, fueron santo y seña de este pueblo y de su teatro. Ironías del tiempo. Lo que hoy es humor, ayer fue llanto. A esta ceremonia acudirá Don Juan, que ahora se llama Germán. ¡Pobre mito desmitificado! Y Angelina, con su candorosa inocencia, desbancará a Doña Inés. Y tendremos también invitados de lujo: los cuernos que han florecido en la azotea del brigadier. Y ya se sabe, donde hay cuernos acuden, estén o

no invitados, el honor desvirgado y ofendido, la honra, la humillación y el

ultraje. ¡Qué gentío! ¡Ay, Jardiel, la que has liado!”, palabras de Juan Carlos Pérez de la Fuente, director  teatral, en el programa de mano de esta obra, Angelina y el honor de un brigadier, de Enrique Jardiel Poncela, que pudimos ver el pasado sábado 12 de febrero en el teatro Lope de Vega de Sevilla, dentro de la gira que lleva a la compañía por España.

         Certeras palabras para definir una obra, la de Jardiel Poncela, llena de guiños humorísticos y, a la vez, qué sabiduría, críticos, de denuncia de actitudes trasnochadas, ridículas, útiles únicamente para envenenar las relaciones humanas. Es el esperpento de Valle Inclán el que da la puntilla al sentido del honor casi medieval que ha traspasado nuestra historia, pero no el único que con inteligencia e ironía socava la mentalidad social hipócrita y superficial que sólo hace pocos años, ya en la democracia, hemos logrado superar en algunos aspectos.

         La puesta en escena es verdaderamente original, fresca, dinámica, llena de gracia. Bien interpretada, sobre todo en los papeles protagonistas: el brigadier don Marcial (Chete Lera), Germán el amante de su hija y de su mujer (Jacobo Dicenta), la cursi hija del brigadier, Angelina (Carolina Lapausa), y unos excelentes secundarios con momentos hilarantes muy logrados: el banquero don Justo (Luis Perezagua), el médico don Elías (Zorión Eguileor), el poeta simplón novio de Angelina, Rodolfo (Daniel Huarte), etc. Un conjunto convincente que llega al público con sus versos y sus rimas, con ese plus de dificultad en la interpretación.

         Un acierto la dirección y la escenografía, de Juan Carlos Pérez de la Fuente, así como el vestuario, la iluminación y el resto de tramoya. Otro acierto la duración, hora y media, lo justo para dejar un excelente sabor de boca, y una sonrisa en el rostro. Difícil reto el de trasladar una obra en verso, con la complejidad de reflejar otro tiempo, ya lejano (fin del XIX), pero aquí es donde se curten los buenos directores y los buenos actores.