Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
MORALES LOMAS

Edita: CALAMBUR

 Se canta lo que se pierde. Ya lo dijo Antonio Machado. Y Pepa Caro en “Las calles de la lluvia” (Calambur Editorial, Madrid, 2010) se adentra en la historia de un sentimiento y en la reconstrucción arqueológica de las emociones de una época. Tomando como elemento aglutinante la lluvia (símbolo modernista donde los haya) Pepa Caro incide en momentos, imágenes del pasado que tenían con motivo a ésta y trata de repasar en su imaginario poético la esencia de aquel instante vivido, de aquella pequeña historia, de una persona que significó mucho para nosotros, de las sensaciones que el tiempo se encarga de guardar como en un álbum de fotos en su prístina turbación.

         La poesía de Pepa Caro se crea desde una sentimentalidad recreadora y afectiva que toma la horma de una palabra directa que aspira a conectar con la vibración interior del lector y hacerlo partícipe de sus mismas sacudidas emocionales. En muchos endecasílabos blancos esa recreación se puede suspender en una calle, que puede contener el miedo, pero siempre es la presencia de la ciudad querida (Arcos) o el amor a  las personas o a las emociones el caudal de sueños del que se alimenta con el juego del campo semántico de la lluvia recreando perspectivas, vibraciones y personas.

          Algunos poemas como el que comienza “Mi madre te quiso como a un Arcángel” destilan” (dedicado a su madre) recrea una época y aspira a no olvidar ese amor de su madre que “sufrió mirando por tus barrancos/ envejeciendo mustia/ deshojada/ sin reproches”, como si quisiera revisar la verdadera historia de un sentimiento enajenado.         En otras ocasiones pueden ser los amigos motivo para la reflexión de ese profundo sentimiento al que aspira con metáforas tan cautivadoras como “membrillo de la melancolía”. 

        Lo conforman cuatro apartados: el primero, sin título, con siete poemas que tienen como motivo fundamental las calles, plazas o lugares de Arcos: La Corredera, el Callejón de las Monjas o la Plaza del Cabildo… En ellas aspira a la descripción sentimental y a la arqueología de la emoción, como en “La Corredera”, donde surgen los lugares de la lluvia, o en “Callejón de las monjas”, donde se produce una humanización de la geografía del pueblo con un aire de inocencia en el que el miedo de los truenos hacía temblar los cristales  y se evoca la infancia y sus aprensiones.

         En la segunda, que lleva por título “Mujeres de lluvia” (cuatro poemas), son un homenaje a personajes femeninos de otra época como Magdalenita, María la calera, Pepa Gaona… con las que pretende representar el tiempo triste de la dictadura: “Pepa Gaona cobijaba/ la tristeza de la posguerra/ en su recogimiento/ y un cansancio antiguo/ en sus pesadas piernas”. Personajes populares, sencillos que forman parte del ideario vivido.

     “La lluvia viajera” (dos poemas) es el título de la tercera parte con alusiones históricas al emperador Adriano como portador de la lluvia y a la Acrópolis de Atenas cuya lluvia es recobrada en el poema: “Reventó la tormenta/ sobre el Partenón”.

      Pero es “Las calles de la memoria” (en dos partes a su vez: la del mismo título y “Clausuras”, con un total de dieciséis poemas) el apartado donde se reconstruyen sus emociones más profundas y se produce un proceso confesional subterráneo: la proyección de la vida en ese horizonte sin memoria que trata de ahondar en el tiempo vivido; la insatisfecha canción de los sueños, el amor que “se hospedaba en mi azotea”, una invocación como “tentación” que hurga en las heridas del tiempo, la búsqueda de la utopía en la recuperación del paisaje interior o los ojos, en el cenit de la inocencia y del asombro: “Para que te mirara la inocencia/ tuve que hurgar en el desván oscuro,/ abrir tapaluces a las ventanas/ y tornar al puzzle de las palabras./ Así mi vida te abrazó de nuevo”.

        En definitiva, una obra que cristaliza en el sentimiento y hace historia de las emociones con el marco otoñal y sublime, siempre ceniciento y melancólico, de la lluvia.