Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
JOSÉ CENIZO JIMÉNEZ

José Cenizo Jiménez

 

Descubrimos como poeta de calidad contrastada a Enrique Barrero (Sevilla, 1969), con el libro El tiempo en las orillas, publicado en Adonais, nada más y nada menos, y merecidamente. Después vinieron otras obras intensas como Poética elemental (Ed. Renacimiento) o Fe de vida (Col. Ángaro). Ahora vuelve a estremecernos con su lírica de sesgo clásico, muy bien trabajada, con Instantes de luz, avalada por el Premio Internacional de Poesía “Ateneo Jovelllanos” de Gijón, cuyo jurado estuvo presidido por la competente y conocida filóloga Carmen Bobes Naves.

La luz es un símbolo constante en la obra de Barrero, más bien la luz con el tiempo dentro, o con la muerte dentro, o con la vida dentro, que todo es uno: “ he visto la luz del tiempo fugitivo” (p. 21), “Hoy he sabido que la muerte es sólo / el destello de luz que fulge y queda / cuando la luz se abate.” (p. 24). Nos entrega la música de la luz, o la luz de la música, en un poema de corte frayluisiano por la “música de las esferas” y el tono místico-musical (p. 27):

Qué hermoso abatimiento de infinitos

multiplica jardines en lo oscuro

y -hélice acompasada- gira y vuelve

hasta el centro cabal donde gravita

el silencio de todas las esferas.

    De evocaciones becquerianas y cernudianas nos parece este otro poema,  “Luz de hielo” (p. 30), que termina:

En las densas regiones del olvido,

bajo la luz del sol como un gran ojo

que espiara la sed de los silencios,

dadme la gracia helada de los frisos

del iceberg que es alfa y es omega.

         Anuncia el triunfo de la luz, por efímera que sea: “con su danza finísima e impone / la vadera letal de su triunfo” (p. 35), aunque en otro lado titula “De la luz abatida”. Hay luz de la esperanza, de las ciudades, de la música, luz para iluminar contra la opresión y el orgullo vacuo (p.33: “Huérfanos de la luz, quizás la vida / les depare a la postre / en un inmenso y gran caleidoscopio / la luz que en su soberbia despreciaron”), o luz para cantar a la madre (p. 20), o quizás luz que es Luz, con mayúscula, la trascendencia (p. 29): “Envuelto en el sigilo con que el hombre / presiente tras la luz la Luz más alta, / (…)”.

Un nuevo libro, escrito con la música pertinente y exacta de endecasílabos y alejandrinos, o bien de verso de arte menor, lo mismo da para quien maneja con rigor y profundidad el ritmo y el pálpito interno de los poemas. Poemas, como los de Enrique Barrero, de calidad, iluminados, envolventes.