Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
Mª VICTORIA REYZÁBAL
Acerca de "Cuadernos de Hiroshima", de Kenzaburo Oé. Barcelona, Anagrama; 220 págs.

Mª Victoria Reyzábal

Kenzaburo Oé

Edita: ANAGRAMA

En esta obra se recogen artículos que el autor publicó a los veinte años del bombardeo atómico sobre la ciudad de Hiroshima, pero debido a lo sucedido con la central nuclear ante el terremoto y el tsunami, cuyo desastre además de a razones naturales se puede haber debido a que no cumplía honestamente con las normas de seguridad, ha sido reactualizado. Leer este libro, cosa que aconsejo, es sufrir, indignarse, desgarrarse con las descripciones, las angustias o los sacrificios que tal tragedia ocasionó. ¿Cómo fue posible que sucediera semejante crimen contra la humanidad? ¿Cómo los responsables siguieron gobernando, rigiendo cual héroes los destinos del Imperio Estadounidense? ¿Cómo después de ello se negaron a atender adecuadamente a las víctimas y les negaron el derecho a expresar el dolor de su infierno, imponiendo una despiadada censura durante diez años? ¿Cómo los supervivientes fueron engañados, manipulados y traicionados por sus propios políticos? No obstante, debemos destacar que de Hiroshima, de las víctimas, salió la lucha contra las armas nucleares, salió el deseo de que Japón no las tuviera, aunque luego el gobierno permitió que entraran por la puerta de atrás mediante el acuerdo que firmaron con los americanos en cuanto a las bases en su territorio (consentidas más o menos voluntariamente). La brutalidad de la experiencia nipona no solo mató a muchos de sus ciudadanos sino que llevó al suicidio a otros tantos, temerosos de estar viviendo el fin del mundo, un apocalipsis de fuego acarreado por los hombres, que un gran número continuaron padeciendo debido a los efectos de la radiación que les afectaría el resto de su existencia hasta que fallecieran, por más que tal cosa se achacara a otras causas o a la propia neurosis, teniendo solo como paisaje diario la tierra calcinada de su entorno.

Lo que le sucedió a este pueblo en la II Guerra Mundial fue lo más inhumano que conoce la Historia y lo más inmoral sería que realmente la central nuclear de Fukushima, después de aquel día de 1945 cuando toda Hiroshima se convirtió en un cementerio, no hubiera cumplido con las normas de seguridad en aras de ganar treinta denarios más de la cuenta; sin importarles las posibles leucemias, los monstruosos embarazos, los permanentes trastornos digestivos, los atroces miedos, las mutaciones genéticas... Después de tirar las bombas, los militares del ejército estadounidense no aceptaron que las víctimas sufrían diversas patologías a causa de la radiación atómica, dejando así a esas personas agonizar sin siquiera saber qué les pasaba, sin medicamento ninguno, con solo mercurocromo o inyecciones de alcanfor, sin apoyo internacional y cuando comenzó a comprobarse la incidencia de la leucemia, hasta las autoridades niponas lo negaron reacias a las evidencias; por otra parte, algunas personas aparentemente sanas enfermaban después de años y morían humilladas y avergonzadas sin haber sido sujetos de ninguna prueba ni diagnóstico. En muchos casos, los enfermos ni siquiera eran atendidos a cargo del Estado, de manera que si no contaban con recursos suficientes padecían dolor y carencias severísimas.

Con el paso del tiempo, la esperanza de una prohibición de estas armas ha resultado inútil e hipócrita el discurso de los poderosos, hoy poseen armamento nuclear muchos países que intentan impedir que otros lo consigan como si ellos fueran superiores o tuvieran licencia divina para asolar pueblos enteros. Si la guerra es feroz, más aun lo fue esta manera de acabarla. Y las consecuencias de las pruebas posteriores, como las del atolón Bikini, también resultaron criminales durante muchos años, pues contaminaron y asesinaron a sus habitantes.

Miles de seres humanos quedaron monstruosamente deformados, individuos que sacaron de sí el coraje y la esperanza suficientes para continuar existiendo sin convertirse en gente asocial, aunque el calor de la bomba hiciera que muchos hirvieran vivos, la impotencia de sus descendientes ante la siguiente proliferación de estas armas ha resultado ridiculizada, menospreciada; ahora mismo en lugar de recriminar a Japón por sus negligencia (aliada de EE. UU. en una zona estratégica), se la agasaja llevándole eventos deportivos, porque el planeta entero se ha convertido en un mercado en el que manda quien impone a la fuerza su estilo de vida o de no vida. En estas circunstancias, para qué recordar el padecimiento de ancianos solos, con sentimiento de culpa por continuar respirando en vano, sin hogar, que habían perdido a toda su familia, enfermos de hígado, del páncreas, ciegos que tardan años espantosos en arribar a la muerte que otros les eligieron. ¿Cómo un grupo de hombres puede elegir este destino para una población civil, inocente, a la que en un instante le devastaron toda su ciudad, un lugar lleno de mujeres y niños, cómo contaminaron sus siete ríos, calcinaron árboles, pájaros, peces, vacunos..., en este papel de lobos contra ovejas? ¿Por qué unos y otros se han empeñado en borrar esta parte de la historia y continúan tentando a la suerte para así defender que las potencias poseen bombas atómicas como simples elementos disuasorios? Sin embargo, parece que también los japoneses han olvidado estos riesgos y que los otros países los minimalizan pues ante los intereses de toda índole se desvanece la moral, prisionera de la ambición. Por eso, el autor de esta obra compara la situación de aquella Hiroshima con el Holocausto y sostiene que lo de la ciudad nipona fue peor, aunque se está olvidando en aras de una prosperidad mercantil que aviva el consumismo, a pesar de imágenes como la de aquellos pies pegados al asfalto de un cuerpo que se había volatilizado, de las aves sin alas, de las personas enteras que ante un soplido se desmoronaban en cenizas o del ruidoso silencio de los afectados, grises e hinchados, que morían a cientos por minuto con algo de carne podrida colgando, humanos transformados en monstruos inhumanos y lo más trágico es que no hemos aprendido, que amamos más el becerro de oro que la paz, que la vida, que el futuro de nuestra especie.