Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
ABDELLATIF LIMANI

Abderrahaman El Fathi

Patio del Monopodio

“Soy hijo del Al-Andalus,

esclavo de tus suspiros,

 inmortal para tus deseos

y guardián de tus latidos”

 

Abderrahaman El Fati

 

“Vientos del pueblo me llevan,

vientos del pueblo me arrastran,

me esparcen el corazón

y me aventan la garganta”

 

Miguel Hernández

 

 

       Al igual que los títulos, los epígrafes  cobran una gran importancia a la hora de analizar o emitir un juicio crítico sobre una obra. Se pueden considerar incluso como las llaves que abren toda “morada literaria”.

 

        Y es el caso de esta última obra del poeta tetuaní Abderrahman El Fathi  (DANZADELAIRE) cuyo  título y cuyo epígrafe imponen de entrada los siguientes  comentarios: primero un título totalmente en mayúsculas y sin respeto de los espacios que se imponen a nivel ortográfico entre  las palabras (DANZADELAIRE). Sugiere, además de contener la palabra aire, el viento, que estructura gran parte del discurso poético del poeta, y no en su forma apática, sino en pleno movimiento (danza). Es como si el poeta tetuaní, con el riesgo de ser arrastrado por este aire-viento en trance, se escondiera bajo sus mayúsculas apretadas que le pudieran servir de cobijo. No hay que olvidar aquí que las dos ciudades marroquíes donde vivió y sigue viviendo el poeta (Tetuán y Tánger) son muy conocidas por su viento, sobre todo otoñal o hibernal (CHARKI).  

      

       En un segundo lugar, nos referimos a un epígrafe de los más sugerentes, sacado de Ibn Said al-Magribí y que implica esta vez la fuerza de este viento que lo vence todo, a pesar de los pesares[1].  

 

 “Al viento que vence

 la resistencia de los arboles

  haciendo que sus ramas se inclinen

 y besen los estaques” (p.7)[2]

 

       La portada de la antología queda  además marcada un cielo nublado; especie de foto aérea que sugiere el idílico Estrecho de Abderrahman El Fathi, tan añorado, tan vivido y tan recreado en su obra.

 

       Como este viento furioso, el poeta tetuaní irá de una “morada” a otra (de Tánger a Tetuán) para vencer espacios y tiempos, estando al borde del precipicio. No cabe duda aquí que el poeta se presenta como una herramienta roída, que sólo salva la palabra poética: una palabra inconclusa, sin rima ni ritmo, pero que le evita ser un ciclo acabado:

 

 “Soy feliz aquí

 en estos versos inconclusos,

al borde del precipicio

 de una palabra

 sin rima ni ritmo, solo la salva el momento,

el lugar vacío

que ocupa” (p.17)

 

       Entre miradas impotentes o ausentes y un furioso viento, se hablará finalmente de “…vientos verdes / que arrancan belleza al aire” (p.46), y que dibujan con sus ráfagas  “húmedas nubes / próximas a mis ventanas” ya que las que se fueron –dirá el poeta no sin un tono nostálgico-  “llevaban perfumes y amores lejanos” (p. 71); vientos concebidos al fin y al cabo  “…como puñales / en esta primavera /…” (p.101).

 

       Impotentes, los ojos no pueden más que contemplar estos vientos de promesas perdidas  “que se debaten despreocupadas / en cada espejismo adolescente / asombradas por ese cuerpo / con ojos amarinados y miradas ausentes.” (p.45);  vientos  en los cuales el poeta sin embargo  ansia  “elevar a deseos”  y caminar en tus miradas” (p.72).

 

       Abandonado, una tarde de verano,  “…como las sandalias viejas” (p.97), el poeta emprende su caminata hacia  los vericuetos y tinieblas posibles, en busca de una memoria que hay que rescatar: “Mis dudas  -dice casi susurrando su amargura - siguen surcando tinieblas, / en todas las estaciones, para rememorar / el fuego de todos los hombres” (p.57); frenética carrera que lo conduce finalmente a cubrir todas las estaciones para perseguir o atrapar un otoño, acurrucarse en un invierno y asaltar u ocultar una primavera:

 

“Atrapé tu otoño una noche de

verano

 acurrucado en tu

 invierno

 después de asaltar tu / primavera…” (p.99)

 

 

“Perseguí tu otoño en una esquina

 de octubre

 para ocultar, cierta primavera

 un invierno cualquiera” (p.100)

 

       Y ¿quién se esconde detrás del tú aquí? ¿La amada, añorada, encontrada, perdida y recreada en el verso; o simplemente la paloma blanca, el Tetuán de la infancia y de la memoria que el poeta procura rescatar en “su particular vuelo” (p. 19), tras momentos de ausencia? Las dos entidades en realidad se confunden para formar una sola, en que Tetuán es la amada y la amada es Tetuán:

 

“Hoy necesito saciarme a sorbos de tu mar

penetrar y brindarte mis aguas

 elevar tus olas y refugiarme

en el rugido de tu silencio

alzar tu proa en mis labios

brindar mi muerte en tus ojos

 y caer rendido

frente a tus azuladas brisas.” (p.25)

 

       Pero a veces, la referencia a esta ciudad de “vientos alocados” (p.33),  en que el “tiempo no transcurre”, sino que “envejece”, y en que los recuerdos ni siquiera “pertenecen al pasado”, manteniéndose “…impasibles, irreconciliados / ante el transcurrir parsimonioso / del devenir implacable” (p.32), la referencia es pues explícita, con sabor a memoria, a pasado erguido y firme para siempre:

 

“mis días son recreaciones de lugares

que siempre fueron y no

cesaron en su presencia

esas casas siempre viejas

 y renovadas por el devenir del tiempo.

Así son los caminos del pasado

siempre en Tetuán” (p.31)

 

       Más explícitos son los siguientes versos que, aunque el nombre de la ciudad no se menciona directamente[3], su presencia como espacio y como amor idílico es más que  evidente. En ellos, el poeta busca refugio, respuesta a sus lamentos, consuelo a sus sufrimientos o, simplemente, una morada donde rendir el alma.

 

       En una perfecta simbiosis, será a la vez él, la amada añorada y el espacio predilecto de la memoria:

 

“Hoy necesito saciarme a sorbos de tu mar

 penetrar y brindarte mis aguas

elevar tus olas y refugiarme

en el rugido de tu silencio

 alzar tu proa en mis labios

 brindar mi muerte a tus ojos

y caer rendido

 frente a tus azuladas brisas” (p.25)

 

“Qué esconden tus vientos

 qué lamentos denuncian

 cuántos secretos ocultan

 dímelo a los ojos

 ya que los míos

 se confunden en tu mirada” (p.40)

 

       Rendido, no resignado,  el poeta alza un grito y eleva su voz hacia Dios como para pedir ayuda y salvación frente a lo efímero y transitorio. Pero, no sin cierta fuerza y firmeza en la existencia de SU Estrecho, que constituye la suma de su memoria:

 

“¡Ya Ilahi!

 Todo es transitorio.

 Hasta mis versos te añoran,

 se lamentan de tu ausencia

silenciada en mis sueños,

 en cada rincón oculto de las olas,

 en las aguas profundas

 de mi Estrecho,

en la mirada tenaz

 de mi firme convicción de tu existencia.

 ¡Ya Ilahi!” (p.58)

 

       Esta firmeza recobrada la debe el poeta aquí al verso, concebido como una espada que abre nuevos horizontes. Así, del verso que le “arrebató el cielo”, el poeta pasa al verso que le riega “de sus aguas.” (p.81) en una mera operación de rescate; rescatar para no enfrentar una travesía en solitario, para no ir desnudo como los hijos de la mar (como dijo A. Machado) y para poder construir con las enanas palabras un gigantesco corazón en donde podría refugiar su alma dolorida y poder renacer:

 

“He vuelto a por mis versos 

 ahí estaban

en esa mesa, ese té con hierbabuena

 los rescaté, desde entonces viven conmigo,

 para siempre

 me acompañan en mis travesías,

 en mis noches de soledad.

 me arropan esos versos

 me recuerdan cuánto te amé” (p.74)

 

“Y ahora deseo rescatar todos los versos que compuse

para ti

abandonados en los cafés, parques, bibliotecas, papeleras

y esquinas y bares.

Quiero construir con ellos un corazón tan grande y

refugiarme para siempre” (p.77)

 

       Ya los primeros versos que abren esta antología hacen hincapié sobre esta felicidad recobrada gracias al verso. Y poco importa si son versos inconclusos, o una suma de palabras sin ritmo ni rima y que lo sitúan incluso al borde del precipicio. Más importante es su existencia que inspira felicidad y más importante aún son estos versos salvadores:

 

“Soy feliz aquí

en estos versos inconclusos,

al borde del precipicio

de una palabra

sin rima ni ritmo, sólo la salva el momento,

el lugar vacío

 que ocupa” (p.17)

 

        La felicidad aquí está en la toma de conciencia del poeta de no poder vivir ya sin ELLA como  creó en sus años de loca juventud. La vida le ha ensenado que nunca se deshace uno de lo que es y que constituye su seña de identidad. Incluso con  la distancia, esa musa no  dejó nunca de reclamarle su presencia y apaciguar sus males y miedos de la infancia; la vuelta a los orígenes se hace entonces más eminente:

 

“Creí vivir sin ELLA,

y ahora que su distancia me reclama,

mi retorno se acerca en estos versos.

A cada palabra le exijo más fuerza

para huir

de mis miedos de infancia.

ELLA va enmascarando esos pasajes

que antaño fueron

lejanas voces, suspendidas

en antenas de azoteas,

en cualquier medina,

empeñadas siempre

en captar imágenes de la otra España” (p.17)

 

       Al término de esta reflexión,  se impone la misma interrogante que condujo nuestros pasos al principio: ¿Quién es “ELLA”, que se yergue con las mayúsculas que el poeta le obsequia?:

 

-           ¿Tetuán, la linda ciudad de la infancia y juventud del poeta? Hemos visto como todas las referencias del poeta “huelen” a mar, lo que nos ha permitido hacer de la ciudad de Tetuán la musa por excelencia.

-          ¿Un grato recuerdo de amor o un amor sepultado y que el poeta escarba hoy con sus dientes? Amar es de todos, y aún más para sensibles poetas como es el caso de Abderrahman El Fathi. Más que nadie, él sabe que no es tarea fácil: “Si amar fuera tan fácil. / -dirá el poeta-  Te amaría a verso suelto / a cadencias azuladas / y latidos ocultos” (p.91)

-            ¿El ansia de volver y fijarse en el espacio predilecto dela infancia? La madurez impone la vuelta a las raíces para que uno siga creciendo y envejezca acaso cerca de las “viejas moradas” a las cuales se acostumbró la mirada y a las cuales también alude el poeta.

 

       Pero, poco importa la respuesta si todas estas hipótesis se funden en una: un retorno a los orígenes en un acto de plena devoción, concretizado en el ápice poético. Es también un acto de amor con tintes de tristeza y melancolía[4] dirigido tanto al espacio de predilección como a la otra hipotética musa.

 

       Terminamos con estos versos sintéticos en que la simbiosis, o por lo menos la fusión, entre el poeta y ELLA son totales. Y que cada uno escarbe con sus dientes estos versos para saber quién es esta legitima esposa/musa del poeta:

 

“Tu soledad me reclama

se asoma fugitiva

con su habitual sombra de colores

 hasta confundirse y penetrar en la mía

entregada al pestañar

 del día en la noche, sigilosamente

hasta acabar absorbiendo

 esa luz que rompe

desde su desnudo ombligo  de arena.(p.23)

 

 


[1] El viento aquí  como símbolo de una amenaza, caos, inestabilidad y destrucción pero que los versos del poeta cambian en  una suave y cálida brisa que un implica un cambio  progresivo y positivo.

[2]  ABU AL HASAN ALI IBN MUSA IBN MUHAMMAD IBN ABD AL MALIK IBN SAID AL MAGRIBI, nacido en Alcalá la Real, provincia de Jaén en 1214. Poeta, gramático, historiador y geógrafo. Por consejo de su padre, se traslada muy joven a Sevilla para dedicarse allí con preferencia al estudio del lenguaje, al cultivo de la poesía y al estudio histórico.  La nostalgia de su patria andaluza, durante su estancia en Egipto, le inspiró una de sus poesías más interesantes (sentimiento nostálgico que nos acerca al experimentado por el poeta tetuaní Abderrahman El Fathi).  En el año 1286 habiendo realizado su peregrinación oficial a La Meca, murió en Damasco, cuando se disponía a regresar a Occidente.

[3] Es de notar que en toda la obra, sólo una vez se menciona el nombre de la ciudad.

[4] He aquí algunas de las expresiones que recrean este estado de ánimo:  “precipicio” (p.7);  “derrota en los pies” (p.22);  “muerte” (p.25);  “quimera ardiente” (p.29); “ inmensa soledad” (p.38);  “espejismo adolescente” y “miradas ausentes”  (p.45) “blanca pesadilla” (p.50);  “alma de ojos tristes” (p.54);  “lágrimas desnudas”, “sombras ajenas” y “memoria  descifrada y fragmentada” (p. 56);  “tinieblas” y  “penas” (p. 57);  “amores lejanos” (p.71);  “penas amarradas por el tiempo” (p.73);  “frente arrugada” (p.73); “noches de soledad” (p.74); “amores lejanos” , “copas olvidadas” y  “corazón ondulado” ‘(p. 75);  “ profundos lamentos” (p. 84);  “confusión” (pp.85/86);  “agonía” (p. 93); “ fracasos” (p. 89).