Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
FRANCISCO GIL CRAVIOTTO

Francisco Gil Craviotto

Enrique Morón

Enrique Morón (Cádiar, Alpujarra granadina, 1942) es, además de un inspirado poeta y un reputado autor dramático, un hombre extraordinariamente trabajador: tan sólo hace unos pocos meses que presentó en la Casa de los Tiros de Granada su último drama, “La Buhardilla”, y ya nos ha ofrecido una nueva obra: “Romances del crepúsculo”, recientemente publicada, en una edición pulcra y muy cuidada, por la editorial Port Royal de Granada.

Da unidad a este libro la métrica –todo él escrito en romances-, pero, debido a que la temática es muy variada, nuestro poeta lo ha dividido en tres grandes apartados: “Retratos de Mujer”, “Romancero urbano” y “De la vida rural”. A todos ellos precede un pequeño prólogo –en romance también y de poco más de dos páginas- “en el que el autor, -siguiendo las pautas de los viejos poemarios-, tras hacer una defensa del Romancero, pide benevolencia y comprensión para su obra”.

         Creo que merece la pena detenerse en este brevísimo prólogo. La razón principal es que nos va a dar mucha luz sobre las características que vamos a encontrar en el libro. Así el poeta, después de expresar la fascinación que siempre ha sentido por estos cantares tan nuestros y evocar a algunos de sus más eximios cultivadores, –Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo, el Duque de Rivas, Machado y Lorca-, y luego decirnos “que es el metro más español, avalado por el tiempo”, pasa a darnos cuenta del contenido y alcance de sus romances, que el lector va a encontrar en cuanto pase página. Lo dice así:

Yo, como humilde hacedor

de estos elocuentes versos,

cuya juventud cantó

la tierra de sus ancestros,

me atrevo a escribir ahora,

cuando la edad es apremio,

nuevos romances, si antiguos,

con un toque más moderno,

pues que todo se transforma

sin dejar de ser idéntico.

Pido perdón y licencia

 y excusa por mis defectos.

 

En ese “toque más moderno”, que nos anuncia el poeta, hemos de aceptar el empleo de ciertos neologismos –sobre todo anglicismos- que en los últimos tiempos se han ido colando en la lengua española. Yo he anotado: “top model”, “glamour”, “look”, rock”, “rock and roll”, “spanglish”, “hippies”, etc. Sería una visión extraordinariamente miope tildarlos de simples barbarismos sin más explicación. Más acorde con la realidad me parece pensar que, con estas palabras innovadoras, el poeta quiere demostrarnos que vive en su época y que nada de cuanto ocurre en su entorno le es ajeno. Esto aún se hace más perceptible cuando se ve que el empleo de estos anglicismos va unido al retrato de ciertos personajes muy vinculados a la realidad que vivimos, personajes que encarnan perfectamente todas las contradicciones y desencantos de este siglo. Pero, al mismo tiempo que el poeta bucea en todos los aspectos de la época que le ha tocado vivir y sufrir, también recuerda muy bien el papel que, a través de los siglos, ha tenido el romance en la cultura española. Él se siente su continuador y, fiel a esta tradición, al igual que antaño hicieran los juglares y trovadores, Enrique Morón nos trae sucesos –crímenes, secuestros, lances de amor, emigraciones, etc.-, y nos narra vidas de hombres y mujeres que por algún motivo merece la pena recordar. Sus principales fuentes de información son la prensa diaria y el mentidero de la oralidad que todavía pervive en algunos pueblos y aldeas de España.

Hora es de entrar en el contenido de libro. Como ya queda dicho el poemario se divide en tres partes. La primera, titulada “Retratos de mujer”, nos ofrece el retrato de siete mujeres muy vinculadas a nuestra época. Las siete, hijas de la calle y el pueblo, son bravas hembras -en el sentido más animal y sexual de la palabra-, que viven intensamente su día y su hora. Me parece que no sería exagerado considerarlas literariamente herederas de las mujeres de García Lorca. Es muy difícil en romance escapar a la influencia lorquiana y, aunque en todos estos poemas se hace evidente el deseo de evadir tal vínculo, también se percibe en ellos, aunque sea muy lejana, la sombra de Federico, que el sonsonete del verso octosílabo hace inevitable:

Es alta como un ciprés

y sus muslos son de avena;

 sus brazos, aspas al viento,

que acarician o que afrentan,

porque mujeres así

no conocen la modestia.

 

Tampoco falta, aquí y allá, el toque social. Valga de ejemplo el romance titulado “Primera Comunión”. El poeta se erige en notario de su época, pero es un notario que, además de describir lo que ve, a veces también lo denuncia. Tropos, símiles y metáforas salpican de belleza estos retratos.

La segunda parte del libro, presentada con el subtítulo de “Romancero urbano”, está integrada por once romances. Todos ellos tienen por escenario algún punto de alguna ciudad, con una clara insistencia en Granada. En ellos se hace evidente una idea que el poeta ya ha desarrollado en libros anteriores: la soledad del ser humano en medio de la muchedumbre de la ciudad. Esta soledad aún se hace más persistente y sombría cuando a ella se une la irremediable vejez.

Dos ancianos se levantan,

sus manos van oprimidas.

Dos silencios sublimados

por las aceras camina.

Justo es reconocer que, en esta visión desoladamente triste de la urbe, el  poeta ha dejado un rayo de esperanza prendido en la juventud. Así se desprende del poema titulado “Desenlace”. En él, ante la visión de un hombre herido tendido en la acera, dos mujeres discuten: son madre e hija; pero, mientras la madre quiere seguir adelante, la hija insiste en ayudarle.

-Madre, ¿no has visto a ese hombre?

-Hija, tú sigue adelante.

-Nos puede necesitar.

-No podemos ayudarle.

La tercera parte del libro, presentada bajo el título “De la vida rural”, la integran ocho romances. El primero de ellos entra dentro de lo que podríamos llamar romance de bandoleros. Sólo que aquí, en lugar de bandoleros, se trata de una partida de guerrilleros republicanos que luchan contra las milicias de Franco. Me ha llamado poderosamente la atención esta impresionante estampa de la Contraviesa:

Sierra de la Contraviesa

que mira al mar y al misterio.

Bancales donde la vid

enciende sus brazos ebrios

y suspiran las allozas

bajo la flor del almendro.

Los otros siete romances tocan temas muy relacionados con la vida de los pueblos: la señorita que, tras los visillos de la reja, sueña con el amor que se fue y no volverá; la fuga que sueña un joven con la moza que ama; las dos hermanas solteronas que van al rosario; el campesino que, a pesar de los años, sigue fiel al terruño; el hombre que se marchó del pueblo y, cuando al fin regresa, nadie lo conoce…

Un halo de desencanto y tristeza –el paso del tiempo, los amores que se fueron para no volver, la existencia sosa y vacía, la soledad, el olvido, etc.-, llena todo el libro y salpica al lector. Si, al llegar a la última página, tuviésemos que indicar una moraleja, podría ser ésta: ni en el espacio urbano ni en el rural existe la felicidad. El hombre está condenado a la infelicidad. Sobre este mundo de seres que sufren o vegetan, la compasiva mirada del vate, en su hora más crepuscular, se llena de melancolías y nostalgias…

 

 

 

 

 

 

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