Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
Mª VICTORIA REYZÁBAL
En torno a "Mi planta de naranja lima" de José Mauro de Vasconcelos. Barcelona. Libros del Asteroide, 2011.

Mª Victoria Reyzábal

Libros del Asteroide

José Mauro de Vasconcelos

El protagonista y narrador de esta obra es un pequeño de cinco años que empieza a descubrir las crudezas del mundo, un lugar inhóspito para los pobres y menos si estos son niños y de gran sensibilidad. Zezé debe enfrentarse a las conductas contradictorias de un padre que se ha quedado sin trabajo, a la ausencia cotidiana de una madre que debe aplicarse todo el día para que la familia continúe malviviendo (“Mamá nació trabajando. Desde los seis años [...] La sentaban encima de una mesa y tenía que limpiar y secar herramientas. Era tan pequeñita que se orinaba en la mesa, porque no podía bajar sola... Por eso, nunca fue a la escuela ni aprendió a leer. Cuando yo oí contar esa historia de ella, me puse tan triste, que prometí que, cuando fuera poeta y sabio, le leería mis poesías...”, pág. 33), al cambio de casa, a las hermanas y hermanos mayores con sus diferentes actitudes, al incipiente amor paternal que siente por su hermano más pequeño aún que él, a la fama que tiene ante todos de especialmente travieso, lo que Zezé percibe como estar endemoniado por lo que acepta regañinas y palizas, pero además a la incomprensión de aquellas injusticias de las que es testigo y, a veces, víctima.

El autor de la novela, brasileño de humildísima familia, de madre india y padre portugués, sabe de qué habla, por eso la psicología del personaje resulta tan creíble y tan conmovedora en cuanto vertiente culta de la narrativa popular de su país, en la que se complementa realidad y fantasía, vigilias y ensoñaciones con las que Zezé va tejiendo sus días de chaval solitario que, al fin, logra conjurar a través de un amigo adulto, otra especie de padre que comparte con él su vida de hombre sin problemas económicos pero sin familia, con quien va a pescar, pasea en el mejor coche del pueblo y conversa de tú a tú, mientras espera crecer a su lado para ser poeta y vestir una corbata de lazo.

Demonio en casa, ángel en la escuela en la que aprende más de lo que le enseñan gracias a su aguda inteligencia, que le conduce a necesitar más vida, más espacio, más milagros y no el encontrarse los zapatos vacíos el día de Reyes. Por eso, cae gravemente enfermo cuando se entera de que su amigo se ha matado en un accidente, cuestión que ni siquiera nombra entre los suyos. Este será el golpe que haga del crío casi un adulto, un ser que al salir de su agonía después de mucho tiempo haya aprendido la crueldad de la existencia, lo caro del afecto, capaz de asumir a regañadientes lo complejo que resulta romper la añoranza, aunque para ello se vuelva a su amigo vegetal, a Minguinho, su débil árbol de naranja lima, a quien le cuenta sus penas, sus anhelos, sus dudas y sus secretos, pues ahora ya sabe que no todo puede decirse y mucho menos a cualquiera.

La enfermedad le ha devuelto a su familia, ha servido de prueba iniciática vital, le ha colocado ante el abismo del dolor sin fondo, de la ilusión limitada hacia el futuro. De la misma manera, el texto enfrenta al lector con su infancia, bien o mal resuelta, pero siempre con grietas, con alguna esquina afilada por la que no nos hemos sentido comprendidos o por la que nos han obligado a crecer antes de estar preparados, sobre todo cuando no eras el primogénito ni el último, proceso que Vasconcelos plasma con tal maestría que en alguna página todos nos sentimos Zezé y sufrimos con él su tristeza o disfrutamos sus sueños de mente ingenua, libre, limpia, valiente.