Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
MORALES LOMAS

Morales Lomas

Manuel Ruiz Amezcua

El giennense M. Ruiz Amezcua es un poeta que posee una larga trayectoria (trece o catorce títulos) desde que en 1974 publicara su primer libro, Humana raíz, al que seguirían títulos como Dialéctica de las sombras (1978), Oscuro cauce oculto (1984), Cavernas del sentido (1987)… habiendo reunido su obra completa en Una verdad extraña (1995, 2002 y 2008) con un amplio estudio introductorio de Antonio Muñoz Molina, que elogia su obra.

        Su formación se lleva a cabo en la Universidad de Granada en los años setenta, una década prodigiosa en este ámbito universitario por cuanto podemos decir que lo más florido de la poesía actual (y de la narrativa: en la misma década también coinciden en esta Universidad Muñoz Molina, Justo Navarro, Fernando de Villena, Antonio Enrique…) se iniciaba en estos lares.

         Ruiz Amezcua, como él mismo ha dicho, ha vivido ajeno a la poesía de moda en los últimos treinta años y ha llevado su propio camino literario. Lo podemos considerar hoy día un escritor apartado (puede que él diga desterrado o confinado) que vive un tanto ajeno al “mundillo literario” y hace su propia obra apegado a una gran pasión vital.

         La resistencia, el último título publicado en 2011 en la colección La Vela de la granadina Editorial Comares, es un lúcido testimonio despiadado en torno a la dolorosa experiencia vital  y una forzosa reflexión personal sobre el sentido último de la existencia y su organigrama perecedero. Su combate es la palabra que aparece clara, concisa, rotunda… como una especie de apisonadora verbal que no deja títere con cabeza. Ruiz Amezcua escribe con el corazón encendido, pulsando la palabra como si estuviera en el cadalso del mundo, a punto de iniciar un camino sin retorno. Esa amplitud del nihilismo no le permite hacer concesiones a nada que tenga que ver con un resquicio de esperanza. Hace tiempo que el dolor lo ha inundado todo. En una cita inicial dice: “Quien sabe de dolor lo sabe todo”.

         La conmoción del dolor, su lucidez para mostrar la cara de la existencia desde una amarga perspectiva y en un tono de consustancial gravedad crea un discurso para la tragedia y la zozobra personal. El sufrimiento es un acontecimiento que lo conmueve en un áspero mundo del que no espera absolutamente nada. Si bien en algún que otro verso puede mover a estremecimiento cuando afirme que la única cosa que puede hacer resistir al ser humano es el amor: “Sobreviviste amando”. El amor como antídoto, sin embargo, no surge en este libro, sólo es apuntado.

         Su fracaso personal (en la solapa bibliográfica se citan las palabras de Yourcenar: “La vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada”) corre parejo a la asunción de ese camino, que nunca es una degradación privativa sino globalizadora (son muchos los afectados) pero en la que él se conduce por el título del libro: resistencia. En consecuencia, en su proyecto vital existe mucho de fracaso social. Verbigracia, el mundo en su miseria hocica ante el Dios Mercado. Entonces hay una tercera persona del plural que se apodera de esa voluntad social, a la que hace responsable del mal personal y coelctivo: “Administran como nadie/ el poder que otorga el miedo”. ¿Quiénes lo administran?: los hijos de la opresión. Un poder en la sombra que trata de engañarnos, que consigue que naveguemos ahogándonos en nuestra propia podredumbre: “Y todo para nada”.  Subyace, en consecuencia, una voluntad ética, una perspectiva honesta y moral en su clarificación del statu quo que, no obstante, fallece ante el éxito de la indiferencia de todo y de ese enemigo sin rostro del que nadie se puede sentir ajeno: “Nadie es inocente”.

       Hay una percepción de sombra, opresión y esclavitud en sus palabras, horadadas por todo tipo de abismos insondables pero claramente identificados en esos estímulos a no creer en nada, a no querer a nadie, a ser sólo muerte: “Sabemos de lo que huimos./ Huimos de nuestra casa./ Huimos de nuestra tierra./ Huimos de nuestra gente/ porque los hombres matan/ tanto como la muerte”.

        Una lírica iluminada en su incendio interior, consciente, auténtica… en la que no se admiten dudas y la soledad y el abandono se adueñan de su cauce vital.