Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
FRANCISCO GIL CRAVIOTTO

Francisco Gil Craviotto

Gerald Brenan

 

El primer libro que leí de Brennan fue el “Laberinto Español”. Era un sutil análisis de la política española en los días que precedieron a nuestra desdichada guerra incivil. Estaba prohibido en España, pero yo lo encontré en París editado por “Ruedo Ibérico”. En mis viajes vacacionales a Granada pasé más de un ejemplar a mis más íntimos amigos –entre ellos, Fernández Castro-, que quedaron entusiasmados con tal joya.

 

Fue por aquellas mismas fechas cuando, también en París, supe que Brennan había sido el segundo extranjero que se había ocupado de la muerte de Federico García Lorca. El primero había sido Claude Couffon, que conocería poco después –también en París, claro-, gracias a los buenos oficios del profesor Vicère. Ambos habían actuado algunos años antes de que llegara Penón a Granada a investigar el asesinato de García Lorca y, por supuesto, mucho antes de que Ian Gibson tomase en exclusiva el tema de Lorca. Incluso antes de que Marcelle Auclaire escribiera su libro “Enfance et mort de Federico García Lorca”. Pero hay una importante diferencia entre el libro de Couffon y el de Brennan: Couffon dedica a Lorca todo un libro –“Sur les pas de Federico García Lorca” es su título en edición francesa-, mientras que Brennan sólo le dedica un capítulo –el sexto- de toda una obra sobre este país: “La faz de España”. Dicho con otras palabras: lo que para Couffon es esencial, en Brennan sólo es “un capítulo más” dentro de un todo.

 

Algunos años más tarde leí su segundo libro, “Al Sur de Granada”. Un libro extraño, con páginas deliciosas y otras menos deliciosas. Inolvidable es, por ejemplo, el episodio de la moza apodada “Pan Blanco” y otros parecidos, que nos definen muy bien lo que debía ser el Yegen de los años veinte y, por extensión, la vida alpujarreña en aquella época. Don Geraldo –como le llamaban en el pueblo- había llegado a España en 1919 y se instaló en Yegen en 1920. Allí encontró las dos cosas que más deseaba: paz y tranquilidad para poder dedicarse a la lectura y escritura y un paisaje delicioso, aunque pobre en arboleda, para sus largas y literarias caminatas. A estas dos notas positivas habría añadir una tercera: los encantos de las mozas de Yegen. Me lleva a esta conclusión el hecho de que, al final de su estancia en el pueblo, dejara allí más de un hijo bastardo. Por fin, después de recorrer medio mundo y haber participado en terribles batallas, encontraba un pueblo que parecía hecho a su gusto y medida. Orgulloso del hallazgo invitó a sus amigos de Londres a pasar unos días en Yegen y por allí pasaron plumas tan ilustres como Ralph Pastridge, Dora Carrington –con la que ya había tenido un romance de amor-, Lytton Strachey -todos en 1920-, y Virginia Woolf, en 1923. Parece que a todos les encantó el pueblo.

 

Fue esta mezcla de literatura y mundo rural lo que más me sedujo en Brenan. También su valentía al haberse atrevido a investigar el asesinato de Lorca e informar al mundo del mismo.  Me hubiese gustado conocerlo, como al fin logré conocer a Couffon, pero fue imposible. Hoy me queda como consuelo, además de la lectura o relectura de sus libros, la visita al pueblo de Yegen y algún paseo por los caminos y veredas que él más frecuentó.  Creo que merece la pena y que la mejor época es el comienzo de primavera, cuando florecen los almendros. Sólo son cuatro días; pero, tan hermosos, que toda la Alpujarra se convierte en un jardín de blancor.