Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
CARLOS BENÍTEZ VILLODRES
ACERCA DE "FANTAVIVENCIAS DE MI VALLE. CUENTOS", de la autora colombiana Leonora Acuña de Marmolejo.

Carlos Benítez Villodres

La colombiana, residente en Levittown, Nueva York, (EE UU), Leonora Acuña de Marmolejo, periodista, poeta, escritora y pintora, nos ofrece, en su libro “Fantavivencias de mi valle” veintiún relatos costumbristas del más puro estilo clásico. Dichas narraciones forman un magnífico tesoro literario, que enriquece y acrecienta el bagaje cultural del lector. Ciertamente, el cuento, en la mayoría de los casos, es una narración breve, ya sea oral o escrita, que se considera la  más antigua de la Literatura universal.

         Los antecedentes del cuento están en Egipto (en torno al año 2.000 a. C.), en Grecia (las fábulas de Esopo) y en Roma (Ovidio y Lucio Apuleyo), aunque no podemos precisar, con exactitud, en qué época se comenzó a escribir cuentos, ya que éstos proceden de la tradición oral de distintos pueblos en especial de los orientales. Entre ellos no podemos olvidar la popular colección de relatos indios conocida como “Panchatantra” (siglo IV d.C.). Con esta obra, los demás cuentos orientales se extendieron por todo el mundo y, al mismo tiempo, aparecieron creadores de cuentos en las demás partes del orbe (algunos relatos del Libro de Buen Amor, de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, los ejemplos del Conde Lucanor, del infante don Juan Manuel, los relatos cortos del Decamerón, de Giovanni Boccaccio, Los cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chacucer). Todos ellos pertenecientes al siglo XIV.

Por ello, tanto los cuentos nacidos en Oriente como los creados posteriormente en Occidente se fueron asentando en las mentes de cualquier ciudadano que los leyera. Posteriormente, vieron la luz los llamados cuentos infantiles. Entre los autores universales de cuentos infantiles figuran el francés Charles Parrault, siglos XVII y principio del XVIII, (“Barba Azul”, “Caperucita Roja”, “El gato con botas” “Pulgarcito”, “La Cenicienta”…), los alemanes hermanos Grimm (Jacob y Wilhelm Grimm), siglos XVIII y XIX,  (“Blancanieves”,  La Bella Durmiente, otra versión de “La Cenicienta”, “Juan sin miedo”…) y el danés Hans Christian Andersen, siglo XIX, (“El patito feo”, “La sirenita”…).

Obviamente, el cuento alcanza su madurez en el Romanticismo (siglo XIX). Son nombres representativos de esta época: Jean Charles Emmanuel Nodier (Francia), Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (Alemania), Edgar Allan Poe (Estados Unidos), Gustavo Adolfo Bécquer (España), entre otros. Durante el Realismo (segunda mitad del siglo XIX), destacan en Francia Gustave Flaubert y Guy de Maupassant, y en España: Leopoldo Alas “Clarín”, Juan Valera, José María de Pereda y Emilia Pardo Bazán.

         A finales del siglo XIX, el cuento, como género literario, deja su sustancia  primitiva, colocándose en un plano más parecido a la novela, aunque continúa con sus tres características fundamentales: un reducido grupo de personajes, una sola acción y un único foco temático. Estas características, base del cuento, llevan consigo intensidad y brevedad, produciendo en el lector un solo efecto sorprendente e impactante.

         En la primera mitad de siglo XX destacan Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway, y en España, tras  la guerra civil, determinados escritores le proporcionan savia nueva al cuento: Camilo José Cela, Carmen Laforet, Ignacio Aldecoa, etc.

         Asimismo, en Hispanoamérica el cuento tuvo y tiene un auge extraordinario, gracias a la metamorfosis que le imprimieron a los rasgos generales del relato, aunque, evidentemente, no a todos, literatos de la talla de Borges, Cortázar, Onetti, Carpentier, Lezama Lima, Rulfo, García Márquez, Fuentes, Roa Bastos, entre otros muchos.

         Obviamente, la tipología o clasificación del cuento es muy variada, por lo que no es tema de este comentario.

         En “Fantavivencias de mi valle”, su autora se ciñe perfectamente a las distintas partes de cada cuento: los personajes; el ambiente ( época, lugar físico o escenario, el tiempo donde se desarrolla la acción y la atmósfera o mundo particular en que ocurren los hechos del cuento); la trama (el rotor que mueve la acción del relato), es decir, es el leitmotiv de la narración, que provoca más tensión que relax en el lector; el tono o la actitud del autor ante lo que está creando (humorístico, alegre, irónico, sarcástico, ansioso, triste…). Acuña de Marmolejo moldea genialmente, en cada uno de sus relatos, la estructura u orden interno o unidad narrativa. En esta estructuración percibimos claramente una introducción o exposición, un desarrollo, la trama, o nudo, o argumento y un desenlace. Es evidente que, tras leer cualquier cuento, existe un punto de vista (el del autor, el de los personajes de la acción, si son varios, y el del lector). Además, debemos tener en cuenta, quién es el autor de la obra que tenemos en nuestras manos, la significación y función del título, la idea central e ideas secundarias (aparecen en la trama del relato), el narrador (el propio autor, el personaje protagonista, o alguno de los secundarios).

         Leonora Acuña utiliza, para narrar los cuentos de “Fantavivencias de mi valle”, un estilo muy depurado y singular, un léxico sumamente rico y claro, exquisito y enriquecedor…, con las necesarias adjetivaciones, elementos formales, recursos expresivos, imágenes… para la perfecta comprensión y deleite del lector.

         La autora del presente libro sabe que el elemento esencial de un buen cuento es la significación. Por ello, Leonora no se limita a la simple tarea de “contar historias”, ya que lo verdaderamente importante consiste en dotar de significación a personajes y hechos, ya que ella se propone de principio a fin que el lector pueda disfrutar, experimentando sensaciones, emociones y sentimientos concretos.

         En los cuentos de “Fantavivencias de mi valle”, en unos se aglutinan realidades, en otros, fantasías, y en otros, “fantavivencias”, es decir, una combinación de vivencias y fantasías. Además, estos cuentos, como todos los escritos hasta el día de hoy, tienen un límite físico en extensión, pero no en profundidad. Sin embargo, los cuentos de Leonora Acuña poseen, cada uno de ellos, una muy importante  profundidad. Gracias a esta profundidad, el cuento atrae, sorprende y conmueve al lector, quien sentirá, al mismo tiempo, el placer de seguirlos leyendo hasta finalizar con el último de ellos.

         “Fantavivencias de mi valle” comienza con una “Introducción” de la propia autora. En ella, le aclara al lector cómo surgió, cómo creció y cómo se concluyó dicho libro.

         Tras la breve nota aclaratoria, nos encontramos con el prólogo genial del insigne filólogo Gerardo Piña-Rosales, director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. En él, entre otros párrafos y connotaciones virtuosísimas, leemos: “Y son cuentos clásicos. Para justificar esta afirmación basta analizar algunos de estos relatos y comprobaremos cómo se ajustan a las pautas del cuento tradicional… Y, sobre todo, el final sorpresivo. (…).

La trama de muchos de estos cuentos suele ser directa y simple (no simplista), y, en la mayoría de los casos, tradicional, de corte realista. La acción secuencial, progresiva, se ciñe a la historia del relato, y la serie de complicaciones se resuelven al final”.

De estos veintiún cuentos, algunos fueron premiados: “Papá Santiago”, “El dolor del artista”, “El gesto de la melancolía”, “…allí los dejo entre los muertos”, entre otros.

Leonora Acuña de Marmolejo es consciente de que el lector de “Fantavivencias de mi valle”, sigue, tras su lectura, reflexionando sobre el cuento o los cuentos leídos. Al conseguir este objetivo, primero y último para cualquier buen escritor, cada relato en sí  nos está demostrando que posee las principales características de un cuento clásico, en definitiva, de un cuento que fue escrito atendiendo a lo que le proporciona ser una creación literaria virtuosísima, es decir, que sea breve y profundo, sorprendente y significativo, inolvidable e inmortal…

“Fantavivencias de mi valle” es, pues, un regalo de Leonora Acuña de Marmolejo a los amantes de los cuentos “clásicos”, en definitiva, de la buena Literatura de todos los tiempos, de todos los lugares del mundo.