Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
Mª VICTORIA REYZÁBAL
En torno a "El viaje a Budapest", de Daniel Barredo.   Edita: Berenice.   Premio Andalucia Joven de Narrativa

Mª Victoria Reyzábal

Daniel Barredo

Edita: Berenice

El escritor de esta novela, Premio Andalucía joven de narrativa, dibuja un protagonista-narrador crítico con un sistema del que no obstante se vale, rebelde, anarco y, en buena medida machista, pues las mujeres todas son viejas, putas, sucias, gordas, feas, tetonas... No obstante, en el Prefacio, el mismo autor parece identificarse con su personaje, interrelacionando ficción y biografía, pues sostiene que “Estas páginas representan mi suicidio como hombre. Después de leerlas mis vecinos ya nunca más me verán como aquel adorable muchacho... Mi familia no querrá saber nada más de mí y lo que es peor: no tendré a nadie a quien dar un sablazo. Es posible además que la policía me meta una temporada en la cárcel”.

El desparpajo, la ausencia de tabúes, la inmoralidad del protagonista camuflada de amoralidad, la abundancia de vocabulario cuanto menos vulgar y bastante malsonante dan a la obra un tono procaz, que además se amplía con la conducta del joven. Este busca vivir sin trabajar pues hacerlo le aparta de sus sueños de escritor, por ello se prostituye con mujeres a las que poder sacar dinero, pero también lo hace con casi todas las jóvenes que se ponen a tiro: “El coño de Rosario eran tan vulgar como esa lata de anchoas en aceite de girasol que sirven en los bares de carretera. Tenía tantos pelos como la pantorrilla de un gigante y olía mal, a ostras podridas, a país sin agua”. Valoraciones equivalentemente despectivas se hacen de algún alcalde, juez o de escritores como García Montero.

En otro momento, se aportan afirmaciones cuanto menos cuestionables como imágenes de este siglo: “Siempre, en Castilla la Vieja, habrá momias vestidas de luto que coserán infatigablemente sobre los pañuelos, las camisas y hasta los calcetines de sus hijos”; semejantes sarcasmos también caen sobre la lesbiana que sucumbe ante los encantos de su amigo Fernando. ¿Cuándo no sucumben las mujeres ante los hombres? Entre descalificaciones, robos (“Si no mangaba a diario era más bien por la falta de tiempo”), abusos o actos sexuales rocambolescos descritos con minuciosa obscenidad buscada, transcurre el relato (“Algunos colegas me decían que aquel tren de vida que me había montado exigía más esfuerzos que cualquier trabajo normal. Dios, quienes pronunciaban esa palabra me metían un palo por el recto, un palo lleno de pinchos y calaveras. Yo no era ni ayudante de cocina, ni fontanero, ni embalsamador, ni expendedor de gasolina, ni político, ni profesor, nada de eso; yo era escritor”). Sin embargo, como parece obvio, con esta vida relativamente elegida, no se siente feliz, por eso espera que suceda algo que lo elimine de golpe.

Las cosas comienzan a cambiar cuando al citado Fernando, músico cantautor, le invitan a dar dos conciertos en Budapest y este viaje se convierte en la meta soñada del protagonista, objetivo que al fin consigue estafando a una “vieja” que se acuesta con él, a su marido que quiere separarse de ella y le paga para lograr estos fines, rematando las estafas al vender las plantas de marihuana de un amigo que se las dejó para que las cuidara (“Alguien había recortado la palabra esperanza del álbum de mi cerebro, quizá se había desgastado con tanto contrato basura, tanta degradación intelectual, educativa y moral. Para el nuevo yo saquear a viejas avarientas formaba parte del catálogo de ocupaciones...”), hechos todos en definitiva justificables pues “Para triunfar los jóvenes españoles del siglo XXI teníamos que o ser futbolistas o jodernos la vida”.

Este sucio Apocalipsis se evapora cuando, casualmente, aparece la mujer indicada que le lleva de paraíso en paraíso, por ejemplo a la isla Margarita en el Danubio entre Buda y Pest, así “Un morreo con Lívia me parece algo más profundo que veinte polvos con la mayor parte de las guarras con las que he estado”. Desde este momento, todo es posible, todo es bello pues se tiñe con los efluvios del amor por lo que su “lengua se adentra en el coño de Lívia como la garra de un leopardo en el corazón de un ciervo.  […] Y me encanta que de repente me detenga, que se revuelva como un tendón roto y que busque mi polla como si en los huevos tuviese algo más valioso que el Santo Grial”.

El mantenimiento del registro procaz a lo largo de toda la narración, incluso cuando ya ha cambiado el hilo de la historia, resulta reiterativo por la acumulación de imágenes similares dentro de este realismo sucio, impertinente, que intenta romper los roles tradicionales de la sociedad burguesa sin renunciar a los estereotipos en sus críticas. El texto, salvo la citada redundancia, resulta ágil y en general está bien escrito, a pesar de la aparición de algunos leísmos clamorosos; por otra parte, también se adorna con referencias de literatos, filósofos, personajes mitológicos, bíblicos... Por eso de que los opuestos se tocan, interesa comparar con más detalle a la pareja: él, destructor de cuanto le rodea; ella, dedicada al reciclaje “recojo cosas que la gente tira o no quiere, las arreglo, las decoro y las revendo”. El encuentro vivifica a ambos, les brinda la necesaria motivación para seguir viviendo una utopía que, bien mirada, polariza la descarnada existencia anterior. Sin embargo, en los comienzos del siglo XXI, la provocación lúbrica ya no es tal y la posterior idealización del amor de dos parias resulta poco realista.