Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
F. MORALES LOMAS
Con "Posdata", Ángel García López fue galardonado con el XIX Premio de la Crítica de Andalucía

F. Morales Lomas

Ángel García López

Edita: Visor Poesía

Siempre es de agradecer el esmero que García López pone en el cuidado del lenguaje, en llevar hacia nosotros la culminación de la palabra y, en este caso, mostrarnos la raíz de la gran literatura barroca: el cultivo de un lenguaje elaborado y la introspección en la existencia, en este caso desde la vindicación, el pesimismo, la búsqueda de la autenticidad, la persecución de lo imprescindible y banal, la exaltación de la luz y el culto a lo que nos rodea.

Con Posdata, García López nos muestra las diferentes aristas de la pasión humana y la magnificencia de la perfección literaria en el paisaje velado de la ruina. El poeta acepta la venida expiatoria de la muerte como un acontecimiento cercano, si no deseable, al menos sereno y balsámico. Y surge la voz feroz de un Quevedo para desagraviarnos de las heridas de las viejas batallas. Pero también se crea un veredicto antitético a través de la exaltación de la vida. Libro de añoranza, de despedida, de culmen. Crítico e irónico, pero a la vez tintado de dolorida humanidad. Un libro para la reflexión donde el lenguaje impone su riqueza e intemporalidad.

En Posdata (Visor, Madrid, 2012, XXVI Premio Unicaja de Poesía) García López crea dos visiones distintas que llegan desde las dos partes del poemario: “Prólogo” –mucho más incisiva, crítica, sañuda, encarnizada y afligida- y “Epílogo” –canora, luminosa, evanescente y ágil, aceptadora de la muerte-. Ambas están presididas por un poema prologal sin título pero con una cita de Pavese muy conocida (y barroca en su sentido): “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. En este poema desde la mirada asciende a la belleza, al paisaje que se va configurando como un espacio para la muerte, como un cuerpo que se va cercenando  en su riqueza y gratitud. Y observa esa venida lustral de la muerte como si se tratara de un acontecimiento querido, casi como un amor cercano que nos impacta con su mirada mientras se acerca al libro y lo viste.

En “Prólogo” el poeta, desde la alegoría vida/muerte, se siente en el olvido de sí, luces apagadas y pájaros mudos. Se siente huido, excluido y enervado. Los mediocres son centro de su diana, la gloria literaria y su sarcasmo de ruidos, la desolación y la pérdida, la espesura ruinosa del día después de la muerte, esa sensación de persecución y sombra delatora, como víctima de un odio sin cuartel, flagelándose como un disciplinante y confidente del odio, aunque cálido en la relación con el cuerpo y el deseo. Su entonación gélida, crítica, propicia para el sarcasmo y la rotundidad verbal persigue a través de los endecasílabos blancos la denuncia o la  acusación: “Por eso tu currículo de zote/ admiro en su tamaño desmedido,/ la trágica estulticia de tu obra” (¿A quién se está refiriendo?) y en otro momento: “…Sucio, en la impudicia hoza!/ Nada mejor par encubrir lo ajeno/ que abominar de lo tuyo saben”. Una poesía que nace de la acometida y la contundencia verbal en torno a un tú apostrófico que se convierte en centro quevediano de su ataque: “Nunca contigo se verán mis versos/ -mendigo triste, sastre de zurcidos- y habrás codicia para hacerlos tuyos”. El mejor Quevedo nace de esta lírica feroz y colérica con la que quiere resarcirse de antiguas batallas: “Qué habrá podido perturbar lo obsceno/ de su equilibrio tu insidiosa farsa”.

El poeta se siente agredido, galeote de alguien que, “solícito enemigo”, imposta el engaño para destruirlo. Alguien poderoso con su cohorte de eunucos, alguien (también escritor) del que destaca sus lerdos escritos. Desde el Barroco no habíamos escuchado con tanta destreza y maestría tales acometidas y furias verbales que hablan de vomitar la insidia, de conciencia ignara o de pestilente prosa abominable.

Sin duda es el poeta envidioso y el prosista pestilente el centro de sus furibundos ataques: “A ocasión tan letal llegó tu verso/ que su hiel se mezcló con los olores/ salidos de los vientres, con agallas/ de peces putrefactos, inmundicias/ de carnes desahuciadas al olfato,/frutas agusanadas junto a heces”. Reconoce su admiración de antaño, sin embargo; pero hoy manifiesta que se siente odiado por él. Es la reacción rabiosa del doliente agredido que se preserva con las mejores galas y no precisamente de difunto.

Son situaciones concretas de la vida cotidiana que se trasladan con primor lingüístico al escrito siempre bajo la férula de lo más abyecto del ser humano, para despedirse con una fina ironía al final, como una especie de última y primorosa estocada: “Lo mismo que otros muchos a ti iguales,/ ten estos versos, que el dolor rezuma,/ como regalo agradecido al tuyo/ de guardarme de ti con el olvido./ Por el bien de que gozo, eternas gracias”.

Muy distinto “Epílogo”. Toda una exaltación, un abrazo poético a la vida, a la muerte y la poesía, a las que sensualmente se halla unido. Ya el poeta se encuentra en su mundo, en sus acciones literarias, en su otro yo con el que comunica su pureza, lejos del oprobio de antaño, embutido directamente en el pasado, la infancia, el paisaje y la naturaleza como horma en la que habita.

Se dulcifica el lenguaje, acuden en cadencias sucesivas otras palabras, otros ojos, otras luces que le inviten a sellar esa putrefacción y fermentación y el verso que tanto lleva la impronta de Juan Ramón Jiménez: “El verso, agua conclusa, abre mi noche./ Cuelga desde el vacío una vía láctea/ de luz desparramada, absorta y muda”. Son meritorios versos que se hacen depositarios de la luz y de la tiniebla, de la sensación de vencimiento y también de la celebración, aunque a veces surja de pronto ese antiguo enemigo y su vileza dibuje algo en el poema.

El tiempo, la contemplación de la noche, la naturaleza…. pueden adueñarse de esos horrores y desnudar para siempre la escombrera de la existencia. Pero hay también una irremisible presencia de la muerte con su versos “largos dedos/ con el tamaño del ciprés”.

Una lírica doliente y exultante que puede ser celebrativa tanto como elegíaca, pero que danza sobre sí con otro atuendo distinto, con un ritmo muy diferente en el que la vida se halla presente en toda su dimensión: “Tan milagrosa cada instante, puede/ se final, acabarse, ser camino/ de esa nada que a ella exige llegue”. Hay un tiempo que parece finito, que se acepta en su finitud de sombra y al que mira como se contempla una casa vacía o se pasea por el mundo cuando donde ya nada hay por descubrir. Existe una introspección de muerte, un temblor de espíritu herido y cansado para el que el verso fue la eterna vida pero la palabra ya está presta al silencio. Versos de un hombre que percibe cercana la muerte y en su hermoso clasicismo la contempla desde la cercanía del escrito, a veces culto, otras solemne: “Cese el escrito, como mudo exvoto,/ del humo en lo fugaz sólo memoria”.

Hermosos versos en los que la palabra rendida y complacida siempre vence el  tránsito finis mundi.