Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
FRANCISCO GIL CRAVIOTTO

Francisco Gil Craviotto

Maurice Magre

 

 Maurice Magre es un escritor francés que vivió a caballo entre el siglo XIX y el XX. Vino al mundo en Toulouse el 2 de marzo de 1877 y se marchó de él en Niza, en plena guerra mundial, el 11 de noviembre de 1941. Si lo comparamos con las grandes figuras de su época es indudable que, a pesar de una meritoria obra, tanto en prosa como en verso, queda en un segundo plano, sin llegar en ninguna de sus varias especialidades -narrativa, dramática, poética e incluso música- a la deseada cumbre. Esa cumbre literaria que alcanzaron figuras tan relumbrantes como Daudet, Mallarmé, Maupassant, Mirbeau, y, algunos años después, Proust, Gide, Sartre, etc., él nunca llegó a alcanzarla ni gozarla. Siempre el eterno y meritorio escritor de segunda categoría, Ahora, setenta y dos años después de su muerte, reposa en el tranquilo limbo del olvido.

         Sin embargo a nosotros, granadinos y malagueños preocupados por la imagen de nuestras respectivas ciudades, nos interesa Maurice Magre. Nos interesa especialmente por una de sus obras: “La lujuria de Granada”. La publicó en 1926

         En esa época, después de una juventud bohemia, en la que se dio a todos los excesos, incluido el opio, Maurice Magre había llegado a una etapa espiritualista y prodigiosamente creadora en la que se había especializado en un subgénero narrativo muy a la moda: la novela histórica. Sus mayores éxitos los consiguió con las novelas sobre el tema de la persecución de los “cátaros” y albigenses. Sin apenas tiempo para investigar, buscó el andamiaje histórico en los libros de Napoleón Payrat (1809-1881), historiador, pastor protestante y poeta. El resultado fue tan halagüeño, que en 1924, el periódico “Le Fígaro” escribió: “A pesar de que es un anarquista, un individualista, un sádico, un consumidor de opio y tiene todos los defectos, es un gran escritor y hay que leerlo”.

         Cuando por esas mismas fechas, o un poco después, Maurice Magre visitó Granada y recorrió la Alhambra, el Generalife, las callejas del Albaicín y los caseríos de la Vega, se encontró con una realidad: todo cuanto se podía decir de Granada ya lo habían dicho sus predecesores. ¿Todo? No, quedaba algo que, los viajeros que le habían precedido, jamás habían tocado: los amores del rey Muley Hacen, con Isabel de Solís. Siguiendo la tónica de sus novelas anteriores, en lugar de investigar, echó mano a todo tipo leyendas. El resultado es un libro entretenido, que completa la imagen de la Granada romántica que iniciaron los grandes viajeros del XIX, pero, desde el punto de vista histórico, muy discutible. En él las figuras históricas, -Isabel de Solís, Muley Hacen, Boabdil, el Zagal, Aixa, los Abencerrajes, el inquisidor Torquemada, etc.-, se mezclan con otras de ficción y los acontecimientos reales, como el asesinato de los Abencerrajes, la caída de Alhama o la negativa del rey moro a pagar el oro que debía a Castilla, se entrecruzan con un sinfín de aventuras y escenas de alcoba. Cabe preguntarse: ¿era Isabel tan bella provocadora como aquí la presentan? Y Aixa, la madre de Boabdil, ¿era tan fea, celosa y maquiavélica? ¿Cometieron, en la conquista de Málaga, las tropas de Fernando el Católico tantas iniquidades y atropellos como aparecen en el libro? La novela termina con un aterrador auto de fe en Sevilla, al que le había precedido una espeluznante sesión de tortura, presidida por el impasible inquisidor Torquemada. Curas, obispos, cardenales, nobleza y una inmensa muchedumbre asisten alegres al espectáculo de ver quemar a catorce personas inocentes, algo que ahora nos haría vomitar y que irremisiblemente nos lleva a la incontenible pregunta: ¿Puede contener la más mínima molécula de divinidad una institución que, durante siglos y siglos ha estado quemando gentes y libros en santas y criminales hogueras? Un bonito tema de meditación y polémica que, aunque Maurice Magre deja sin respuesta, una vez cerrado el libro, sigue martilleando la mente del lector. Esta invitación a la meditación y la rumia intelectual es indudablemente uno de los principales méritos de la novela.

 

         La traducción de Aguado de la Loma[1], fechada en 1926, que un amigo bibliófilo, José Antonio Mesa Segura, me ha prestado, deja bastante que desear. A la profusión de laísmos –“la dijo”, “la respondió”, etc.-, se añade, en muchos casos, la traducción literal. Sólo un ejemplo: “laurel rosa”. ¿Habría alguien en 1926 que llamara “laurel rosa” a la planta que todos conocemos por adelfa? Suerte que en el original no aparece “pomme de terre”, porque estoy seguro que el lector español, en lugar de la palabra “patata”, se habría encontrado “manzana de tierra”. Espero en alguno de mis viajes a París hacerme algún día del texto en francés para poder disfrutar del original.

Con todos sus defectos no deja de ser un canto a Granada - muy especialmente a sus monumentos más renombrados, la Alhambra y el Generalife-, y, en la parte final del libro, también a Málaga. Una Málaga, entrañable y recoleta, poblada de casitas blancas y gentes trabajadoras y sencillas, que las tropas de Fernando el Católico convierte un caos de llantos, gritos, asesinatos y violaciones.

 

 


[1] Aguado de la Loma también fue escritor. En 1925 publicó una  novela titulada “Por obra y gracia del amor”