Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
JOSÉGARCÍA PÉREZ

José García Pérez

            La vejez, como el amor, llega extrañamente de repente. Ayer me sentía joven y hoy, totalmente anciano. Y con el amor lo mismo, ayer veía las cosas como son y hoy, como las veo. Es una extraña transformación que sacude con fuerza los cimientos de la persona; no llegan a ser destruidos, pero sí son conmovidos.

              Llegar a la conmoción del amor, tal como se entiende éste, es ya prohibitivo para una persona que camina hacia los ochenta años; aunque existen rescoldos de aquello que fue y es, pero que permanece en un estado de nostalgia.

          La vejez es presente, rabioso presente ante la que no cabe rebelión alguna; y además, si te haces el socarrón y no la deseas aceptar, llegan los que te la hacen ver, sentir, palpar e intentar que tú lo aceptes como un hecho natural.

        Lo malo que puede tener la ancianidad es tal vez que, sin tú caer en la cuenta, comienzas a estorbar a los más jóvenes en edad y, buscan por tu bien, dicen, que debes aceptarla y dar paso, en cualquier aspecto de tu existencia, a otros, a los ricos en vitalidad, a los que tienen capacidad para conseguir aquello que tú, por acumulación de años y desgaste de neuronas, ya no puedes conseguirlo porque has pasado a formar parte del cubo que recoge los escombros de los que fueron.

        Y sin embargo, lo que son las cosas, ocurre que piensas, sientes y lloras; en silencio, lógicamente, porque si no te tomarían por un viejete digno de lástima y compasión. Ocurre entonces, que te quieren distinguir con títulos honoríficos que no te honran, sino que certifican la vejez y el ser ya un trasto para lo que te quede de existencia.        

       Sin embargo, cada persona -sea joven, madura o anciana- tiene un ADN diferente de los otros y otras. Por ello es imposible el cambio ante lo que uno considera injusto, y presenta batalla o batallita porque a su edad le da lo mismo ganarla que perderla, porque en realidad lo que le molesta es perder la dignidad

Y es que cuando se pierde la dignidad, se acaba la vida.

 

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