Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
JOSÉ JAVIER VILLARREAL
Acerca de "Presencias y ausencias del olvido", de Mª Victoria Reyzábal. Madrid, ISPE, 2014

José Javier Villareal

Reyzábal y Villarreal

Público asistente

Edita: ISPE

 

“incluso te vistes de etiqueta para pasearme”

María Victoria Reyzábal

 

El amor, esa fuerza dictada desde y en la pasión, suele ser una “voz a ti debida” o un “fuego que sin romper muros introduce fuego”. El dolor suele caminar a muy corta distancia y puebla el vacío -que el amor deja- con el dulce lamentar de los pastores. Las ovejas, nos dice el poeta de Toledo, dejan de pastar y se congregan –emocionadas- a oír la dulce voz del desdichado. Rilke, quien pasó por Toledo, sostenía que el amor -el verdadero amor- comenzaba con el adiós, con ese tiempo detenido que siempre da la misma hora, la hora del cambio, al decir de Octavio Paz. Estoy arropándome de mis poetas porque estoy leyendo Presencias y ausencias del olvido, de María Victoria Reyzábal.

         Presencias y ausencias del olvido se trata de un solo poema divido en tres partes: “Él y la presencia del olvido”, “Ella ausente” y “Él ante la nada”. Cada parte, a su vez, se subdivide en poemas que pueden ser leídos de manera autónoma, pero que alcanzan “su definición mejor” (para convidar también al poeta de Trocadero) al ser leídos en cascada; esto es exponiéndonos, paradójicamente, a una memoria sentimental que nos irá dando el relato de una desmemoria, de un encontrarse paulatinamente, pero inexorablemente, a la intemperie, fuera de sí. Los poemas acusan una sola dirección, la de darnos el testimonio de un deterioro, de una pérdida, que nos hace perderlo todo. El tono también se presenta con un ritmo que no varía de poema a poema; los cambios, las modulaciones, estarán a cargo de las voces, de las perspectivas, desde donde se canta esta historia de amor, este viaje, hacia los blancos parajes del frío y de la nieve.

         La primera parte: “Él y la presencia del olvido” me expone a un cautiverio de sí mismo en sí, a la angustia de verse fuera, desconectado del mundo inmediato. La pena de una voz que se sabe a extramuros de su objeto de deseo; aquí el deseo no descansa, se ha convertido en pasión y ésta en conmiseración. “No conozco mayor libertad que la de estar sujeto a alguien”, nos confirma Luis Cernuda, otro de mis poetas que me acompañan en esta lectura que hago de Presencias y ausencias del olvido, de María Victoria Reyzábal. No hace mucho Federico Cambpell nos dio una conferencia –aquí, en la Universidad- sobre la memoria y decía que perderla era perdernos, dejar de ser, borrarnos. Rafael Argullol la califica de historia secreta, aquella que nos hace ser, en el hacer, lo que somos. Obviamente esto alcanza las contradictorias playas del amor. Sin embargo, María Victoria Reyzábal, en esta primera parte de su libro, nos cierra el paso al revelarnos ese cautiverio, ese arresto domiciliario, que nos inhibe no sólo del otro, sino de nosotros mismos.

         “los topos que ya empiezan / a cavarme” son la escritura donde leemos la historia de la segunda parte, de esa “Ella ausente” que ante la realidad doméstica, ante ese oscilar de cuerpos la voz se rinde: “y hasta me asusta su temerosa cercanía”, la de él, la del amante. El monólogo que desovilla y ovilla un meandro, un nudo donde “quizá recordar sea inventarse / fabular una historia ramificada de coherencias / un destino trazado por propias elecciones / el engaño no importa / si sirve para enmarcar la novela”. Y la novela se desarrolla. La voz de esta segunda parte nos habla, desde una calma tensa, de ese deterioro, de esa metamorfosis del no saber, del no estar, que lo troquela y cambia todo, lo modifica en una geografía acechante, feraz. Ella ya es otra y el mundo no se detiene, los relojes no obedecen, se vive y no se vive, se muere, pero viviendo más allá de toda lucidez, y la raptada de sí se vuelve estatua, presencia de la ausencia, fantasma encarnado, de lo que ya no está, pero sobrevive más allá de la memoria, y la memoria de quienes la rodean se eriza como fiera vulnerada, y ante el coraje no queda más que desatar sin duelo –como también cantara el poeta de Toledo- las lágrimas del memorioso que contempla su tragedia de ir perdiendo aquello que lo hizo y lo hace recordar. Formular una historia que lo condena al otro lado del espejo, donde no hay reflejo, sólo el mudo oscilar del trapecio, del viudo oscilar del trapecio, como cantara López Velarde.

 

         enajenada de belleza

         perpleja ante la contemplación de estrellas diferentes

         cuándo cambiaron todas las constelaciones

         y se desplegó un cosmos distinto en mi alcoba

         cuándo nacieron nuevos dioses

         y sin embargo yo seguí desmemoriándome

         pero cumpliendo el insensato mandato de sobrevivir

         más allá de la lucidez

 

         Estamos ante la aparición de lo ausente y toda caricia se suspende, se detiene y congela, ante la mudez emocional que le responde en su no responder. Entonces me pregunto junto con “los que recuerdan que siguen existiendo” qué es el amor sin la memoria, sin la curiosa memoria, donde los cuerpos se multiplican y reflejan en un abrazo que lo transforma todo, “Porque la ausencia (tal parece después de leer este libro), esta ausencia asimilada, / nadie se la lleva ya de mí.” La cita es de Drummond de Andrade, pero el camino que nos la hace accesible es Presencias y ausencias del olvido, de María Victoria Reyzábal. Un testimonio de un yo dramático que se planta frente al espejo y ve cómo su imagen comienza a borrarse para ser sólo recuerdo, recuerdo ensimismado, sin el diálogo con el otro que fuera el centro, el eje, de su propio reflejo.

 

NOTA: Este texto fue leído durante la presentación de la obra en la "Capilla Alfonsina" de la Universidad Autónoma de Nuevo León (Monterrey, México), el pasado mes de junio.