Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
ENCARNA LEÓN
A Luzmaría Jiménez Faro, in memoriam

Encarna León

Luzmaría Jiménez Faro

El día ha amanecido triste, nublado, con sensaciones de abandono y melancolía, tal vez para estar en consonancia con los sentimientos que experimento ahora después de conocer la noticia de la desaparición, definitiva, de una gran amiga. Hace muy pocos días hablaba de ella en TV Melilla con motivo de fallarse el XIV Premio Internacional de Relato corto “Encarna León”. Y hablaba de ella al preguntarme, la presentadora del programa, el porqué de mi nombre en el citado certamen. Le conté la historia, que no voy a repetir aquí. Le comuniqué que propuse, hace catorce años, que el premio llevara el nombre de Luz María Jiménez Faro, mujer de gran valía a todos los niveles y una luchadora incansable en el campo de la literatura femenina.

 

He hecho una pausa en estas reflexiones al recordar que, hace tiempo, escribí un artículo sobre ella con motivo de un congreso de poetas celebrado en Córdoba, al que Luzmaría (así escribía su nombre) no asistió y yo la eché en falta en aquellas jornadas.

 

Todo lo que digo en ese trabajo sobre ella, se ha multiplicado a través de los años: su trabajo, ilusiones, entrega, colecciones de libros,  investigaciones, su producción literaria propia y el amor por todos los suyos. Lo ofrezco a continuación como homenaje a quien tanto quise y admiré. Es curioso observar cómo aquel día de 1998, cuando le dedicaba el artículo, tenía las mismas características climáticas que hoy.

 

Mi primer libro, con prólogo de Miguel Fernández, Este caudal de mis palabras mudas, salió publicado en su editorial en el año 1984 y ella, Luzmaría, me animó a seguir escribiendo. Muchas gracias Luz, descansa en paz.

            

Como apunte final, unos versos bellísimos, sentidos y de gran tono humano, de Luzmaría.

 

 

ÁNGEL DE LA GUARDA

 

Será que se han dormido

los ángeles custodios...

Será que en las favelas del Brasil

o en la ardiente Colombia no reclaman

los niños su dulce compañía.

Será que en los países orientales

les obligan por unos pocos dólares

a vender su niñez y su sonrisa...

Será también que en África

los angelitos blancos y los negros

ante tanta desgracia sólo lloran:

huesos sin piel, ojos que no entienden,

abiertos ojos cegados al futuro...

Será que las niñitas de los mares calientes

apenas forma, soplo de mujer,

en las bocas desnudas y lascivas desmenuzan

su gastada inocencia.

Será que, como un juego,

israelitas y árabes colocan

fusiles en las manos de los niños

para que aprendan a matar

y maten.

Será que nuestros hijos

ya sólo saben respirar violencia,

y en sus pequeñas frentes

sólo hay flores marchitas

y sólo hostiles noches amurallan sus sueños...

Tenemos que enseñarles nuestra vieja oración:

Ángel de mi guarda, dulce compañía,

no me dejes solo ni de noche ni de día...

Si los ángeles custodios duermen,

contra su celestial indiferencia

levantemos las voces

para que, de una vez, despierten.

                                                    

                     de "Amados Ángeles". 1997