Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
FRANCISCO GIL CRAVIOTTO

Francisco Gil Craviotto

Octave Mirbeau

Todos los años, por estas fechas, surge la polémica en torno al tristemente famoso espectáculo conocido con el nombre de “Torneo del Toro de la Vega”, que cada verano tiene lugar en Tordesillas, pueblo de la provincia de Valladolid de unos nueve mil habitantes, hoy conocido en todo el mundo debido precisamente a la mencionada salvajada.

Recuerdo que conocí la existencia de tal atrocidad hace unos veinte años o acaso un poco más. Fue a través de la tele francesa y el reportaje se llamaba España y los animales o algo así. La introducción fueron las corridas de toros, con las plazas llenas de un público fanatizado y vociferante, que había pagado una entrada para ver la muerte de seis animales convertida en espectáculo de masas; después, en la segunda parte, vino el recorrido por las fiestas populares de ciertos pueblos. Allí vimos toros con los cuernos convertidos en antorchas, animales lanzados desde la torre de la iglesia parroquial, cerdos sacrificados en plena calle, en medio de la expectación general, y, como postre, el toro de la Vega: un hermoso toro negro muerto a lanzadas por los mozos del pueblo, convertidos en matarifes. ¿Tendré palabras para expresar la vergüenza que como español tuve que soportar? Todavía no sé, cuando se toca el tema, que me indigna más: el espectáculo de sangre y lanzadas sobre el cuerpo del animal acorralado por los caballos y las lanzas o los sofismas de los exégetas de la barbarie que pretenden hacernos creer que la barbarie es cultura y arte.

El argumento estrella de los exégetas de la salvajada es el de la tradición. Dicen que lancear a un toro hasta matarlo a lanzadas es una tradición que viene de la Edad Media y, en consecuencia, hay que mantenerla y fomentarla. Olvidan sin embargo que toda tradición, que se basa en el dolor de un ser, por muy arraigada que esté, debe ser desterrada. Es indudable que las hogueras inquisitoriales mantenían una gran tradición y que esa tradición venía de la Edad Media, y hoy están suprimidas; la misma tradición mantenían las ejecuciones de reos en plazas públicas y hoy también están suprimidas. No deja de tener su poquito de ironía el hecho de que estos grandes defensores de la Edad Media y la tradición, cuando llega la noche, ninguno enciende el candil y, cuando tienen que viajar, tampoco toman el coche de caballos, el carro de mulas o la diligencia. La Edad Media, con todas sus delicias, la dejan reservada a los actos de exaltación del salvajismo y la barbarie que Tordesillas lleva dentro.

Es verdad que en otros países, hoy considerados extremadamente civilizados, en el pasado existieron prácticas parecidas. Ahora mismo me vienen a la memoria ciertas páginas de Octave Mirbeau en las que nos cuenta las cacerías del ciervo en los aledaños del Sena, zona Este de París. Una auténtica atrocidad, que la gente iba a presenciar con la misma insensible frivolidad con que en la España actual van a presenciar el lanceado del toro de la Vega o los cuernos prendidos de gasolina de cualquier pueblo de nuestro país. El espectáculo consistía en perseguir con gran estruendo de trompetas y jaurías de perros, unos cazadores a pié y otros a caballo, a los ciervos de un bosque próximo al Sena, todos los años el mismo. Acosados por la jauría de perros y el tronar de las trompetas los ciervos corrían y corrían hasta que se encontraban con el río. Entonces se lanzaban al agua, donde, lanza en ristre, ya había otros cazadores esperándoles en varias barcas. Esta segunda parte del espectáculo era la que la gente, apostada a ambos lados de los malecones, unos con la merienda en el bolso y otros sin ella, iba a ver y presenciaba con gran deleite. Mirbeau nos lo cuenta así. Traduzco:

Es el delirio. Empujones, gritos, voces furiosas de los hombres animando a los perros. Y los jinetes que llegan de todas partes. Los cascos de los caballos resuenan en el empedrado. Algunos caballos se cuelan entre los coches. Se agitan pañuelos, sombreros. Una matanza, un saqueo, la entrada a saco en una ciudad conquistada. Todas las voces, ruidos, gritos, gestos, tienen un carácter salvaje, de exaltación homicida. Veo muy bien lo que ocurre. De tiempo en tiempo, sobre la superficie blanca, columbro al ciervo que desaparece oculto por el agua. Y veo a su alrededor los hocicos feroces de los perros que se adentran en el agua. Y veo un picador, que ha tomado una barca del río, que conduce un barquero vestido de rojo. Lanza en ristre llegan al ciervo…

Todos los años el río se teñía de rojo. Una auténtica salvajada, denunciada entre otros por Mirbeau. Pero esta salvajada, reliquia de la barbarie medieval, ya no existe. Llegó hasta el XIX: ni el siglo XX ni el XXI han conocido tal cacería. Esa es la diferencia con la salvajada española de Tordesillas: ésta persiste y, por si fuera poco, los catetos del pueblo se enorgullecen de ser los más bestias y sanguinarios.

Frente al argumento de la tradición que tanto airean los manipuladores de Tordesillas, yo esgrimo el de la vergüenza. La vergüenza de que en el extranjero, cuando se habla de maltrato animal, siempre salga a relucir la palabra España; la vergüenza de que, por estas cosas y otras como éstas, fuera se nos considere poco menos que salvajes. Frente a la voluntad de un grupo de catetos, más o menos manipulados por el caciquismo local, debe imponerse la ley y los principios universales de humanidad y respeto a los animales. Dejar las cosas como están hace que, tanto el gobierno regional de Castilla-León como el de España, se conviertan en cómplices.