Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
Mª Victoria Reyzábal
En torno a "El hombre del traje negro", de Stephen King. Incluye un cuento de Nathaniel Hawthorne: "El joven Godman Broww. Edita: Nórdica. Madrid

Mª Victoria Reyzábal

Stephen King

Edita: Nórdica

Este volumen, editado a la manera antigua con cubierta en diferentes negros (brillo y mate) y símbolo dorado, mantiene las guardas tradicionales y ofrece cada cuento en distinto color, todo ello con gran esmero y gusto estético, recoge dos relatos cortos acerca del diablo o la muerte o, al menos, el miedo a lo inexplicable, al misterio. El primero, del afamado Stephen King, premiado oportunamente con el World Fantasy Award, ilustrado bellamente por Ana Juan y narrado por un anciano de 90 años, desde la residencia en la que está recogido, hace referencia a lo que le sucedió cuando era un niño de nueve, allá por 1914, antes de que EE.UU. se decidiera a entrar en la I Guerra Mundial. Para aliviarse del recuerdo, se decide a escribir en su Diario el encuentro con aquel hombre del traje negro. El mundo en el que vivía entonces no se parecía en nada al actual, por eso han cambiado en él creencias y temores infantiles, propios de una población guarecida en granjas aisladas y expuestas a las inclemencias del tiempo entre pantanos y bosques, en las que acaecían sucesos extremos como los crímenes familiares o los muertos por picaduras de abeja, como le sucedió al hermano del protagonista.

 

Entre fantasmas, supersticiones y terrores, el muchacho realiza una serie de trabajos encargados por los suyos antes de irse a pescar con la caña de bambú regalada por su padre la semana anterior. Luego, junto al río se quedará dormido y, al despertar, verá que una abeja revolotea a su alrededor y eso le asustará porque cree que puede haberle picado, piensa entonces en posibles convulsiones y asfixias… De pronto oye un ruido, como de disparo, que en realidad en una fuerte palmada ejecutada por un ser excepcional o mejor quizá sobrenatural, alguien pálido y alargado, de cabeza estrecha, que enseguida concluye que no es humano, pues arde por dentro y huele a azufre, por lo que para él solo puede ser el Diablo.

 

El niño teme que le mate, pero teme más aún lo que le sucederá después de la muerte, incluso le preocupa que haya matado a su madre como antes hiciera utilizando la abeja con su hermano mayor. Esta temática, reiterada con variantes en diferentes textos a lo largo de la historia literaria, se expone mediante una prosa límpida, aparentemente realista y elegante que enseguida permite imaginar que todo lo ocurrido simplemente es el producto de un sueño o de una sugestión provocada por la visión del insecto o la simple aprensión de encontrarse solo, tal vez como le diría más tarde el padre: “Quizá te quedaste dormido mientras pescabas y tuviste una pesadilla. Como la que tuviste sobre Danny [su hermano] el invierno pasado”.

 

A continuación, se incorpora el relato del romántico-gótico Hawthorne, que a pesar de estar un tanto clandestinizado, al no figurar él como autor ni el título de esta otra entrega en la cubierta del libro, me resulta, con perdón, más atractivo, más sustancioso y sugeridor, en esta mezcla de la brujería con lo diabólico, especialmente en este caso, con la adscripción de un joven matrimonio al aquelarre de Salem, él convencido de la pureza de su mujer a la que califica de ángel, ajena al camino que su marido emprende, por el que le guía un ser parecido a él, aunque el personaje niegue que es su padre o el padre de su padre; sin embargo, le sigue a lo largo de ese sendero por los bosques, guía, identificado por una vieja como el Diablo encarnado en el abuelo del joven.

 

A la reunión acuden el pastor y el diácono, viejos devotísimos, catequistas, vecinos piadosos, chamanes, hechiceros, endemoniados, sobre el grupo vuelan autoridades civiles y eclesiásticas, supuestos hombres santos, damas piadosas, vírgenes, encantadores e, incluso, su esposa; allí, los supuestos buenos y malvados se entrelazan sin rechazarse, lo que le convence de que no existe el bien en la tierra, tal cosa piensa mientras escucha el himno que se canta en la iglesia del pueblo. Más tarde, los conversos, es decir, la pareja, será invitada a participar junto a los prosélitos del Diablo. “Esa noche se os permitirá conocer sus actos secretos; cómo patriarcas de la Iglesia, con blancas barbas, han susurrado palabras lascivas a las jóvenes doncellas de sus hogares; cómo más de una mujer, ávida de luto, ha dado a su marido un bebedizo al acostarse y le ha dejado dormir el sueño postrero en su regazo, cómo jóvenes imberbes se han apresurado a heredar la fortuna de su padre [...]. Por la simpatía de vuestros corazones humanos con el pecado, reconoceréis todos los lugares, ya sea la iglesia, la alcoba, la calle, el campo o el bosque, en los que se ha cometido un crimen y os alegraréis de ver que el mundo entero es una mancha culposa, una enorme mancha de sangre", pues: “El mal es la naturaleza de la humanidad”. Pero en esta narración también se concluye que todo pudo haber sido una terrible pesadilla que, no obstante, hizo al protagonista receloso por el resto de su vida y así lo distanció de todos sus compañeros como si, ciertamente, fuera un ser -digamos con palabras contemporáneas- asocial. En resumen, resulta de justicia recomendar, en todos los sentidos, este libro como pequeña joya editorial.