Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
José Cenizo Jiménez
Acerca de "El viento derruido", de Alejandro López Andrada. Edita: Almuzara

José Cenizo Jiménez

Alejandro López Andrada

Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque -Córdoba-, 1957) es un escritor y poeta de trayectoria con conocidos premios, como el “Ricardo Molina” o el de “Andalucía de la Crítica”, de poesía, o el “Jaén” de novela, entre otros. Trabaja y vive en su pueblo natal, en la comarca de los Pedroches, en la serranía cordobesa.

Precisamente de este entorno, de esta geografía física y humana hace un retrato entrañable, místico, espiritual, elevando a los sencillos paisajes rurales y a sus gentes modestas a la categoría mítica. Un eterno retorno a las raíces, una necesidad urgente de recordar lo que se ha perdido o va perdiendo es lo que hace que nuestro narrador escriba las páginas de este libro, tan peculiar, con el alma en cada expresión, poniendo la vida donde pone la sabia pluma.

Decimos libro peculiar, como ha señalado la crítica o como se define en la propia contraportada, porque, sin duda, no es una novela al uso, sino que une de manera magistral varios géneros: el ensayo, el periodismo, la investigación histórica, retazos de prosa poética, la narrativa convencional… Todo sin que nos perdamos, pues hay una impecable unidad de estilo, de visión lírica e introspectiva, de objetivo último que el autor jamás abandona: el homenaje a las personas humildes del pueblo, la remembranza de labores de antaño, el eco aún de situaciones de desigualdad y pobreza, la lucha por la supervivencia.

Hay fragmentos de prosa poética de una brillantez emotiva y estilística capaz de alcanzarnos y llevarnos de vuelo, cuando reflexiona sobre las lacras sociales, sobre los personajes a los que entrevista y da voz en directo, sobre la lluvia y el frío que tienen su hueco -como un protagonista más- en esa región serreña: “María Josefa Español es la voz de la lluvia; ella sabe -son muchos los años que ha vivido- que en las nubes se esconden las voces de los muertos, la sonrisa del viento, el llanto de los niños que, antes de nacer, en el puro vientre de sus madres, ya tenían sed de agua y, por eso, la pedían. Las nubes esconden la piel muerta del tiempo” (p. 89). Es ese aliento mítico, esa atmósfera especial -entre la realidad y lo legendario- que en ocasiones recuerda el mundo del realismo mágico (lean las páginas 116 a 120, la historia espeluznante del niño Máximo que muere a los siete años).

En Los Pedroches, dice, “flota una pertinaz desolación que lo hace entrañable en su soledad genuina” (p. 16). Aquí, ahora con hipérbole, “se eternizan los inviernos y deja sus sombras erráticas el estío más desolado y frágil del planeta” (p. 17). López Andrada sucumbe a la visión idílica, idealizada del campo, de lo rural, a pesar de señalar a la vez, en voz propia y a través de entrevistas, los problemas de siglos, el atraso económico que aún subsiste. Habla del lenguaje azul o el idioma horizontal de los pastores, de una comunidad y apoyo entre los miembros del pueblo, y todo eso, los que también somos de un pueblo, sabemos que, dicho así, es una idealización, una hipérbole entrañable. No es oro todo lo que reluce en las comunidades pequeñas, pero la memoria es selectiva y Andrada ha escrito para elevar a categoría poética esas vivencias, esos lugares alejados de la ciudad, siempre con tantos detractores. Es un nuevo “Beatus ille…” escrito con gran dignidad. Por ejemplo, las palabras rurales aparecen por doquier y se nos llenan las páginas de voces como corrobla (convite), aulaga, aguaeras, burdégano, ubio (yugo), chortal (lagunilla), espercochar (limpiar), etc., unas más conocidas por los que también somos de medio rural, otras menos, ya sabemos la riqueza léxica de Andalucía.

Domina el autor los recursos estilísticos, como la metáfora (“sus ojos son pozos de cielo”, dice de Eufrasia, la mujer de Digno), las antítesis, las enumeraciones (unos dedos de niebla, de nieve, de alcanfor…), los símiles… Define espléndidamente ese “universo pequeño y rural del que ya no queda nada” (p. 161), o nos queda todo, con palabras imperecederas, gracias a libros como éste de Alejandro López Andrada, que sigue sacando nuevas obras sobre esta comarca y estas vivencias, su territorio particular, nuestro territorio particular también al elevar a categoría estética y universal lo concreto. “La España rural que se desvanece” se subtitula la obra, cuyo pórtico han escrito dos de nuestros más grandes narradores -difícil estar a su altura- y a los que nosotros tenemos especial veneración: Antonio Muñoz Molina, que define la obra como “una elegía de la naturaleza y del tiempo”, y Julio Llamazares, que escribe: “Un libro que es literatura pura, literatura hecha de dolor y amor a un mundo que el viento del progreso ha derruido poco a poco, pero que forma parte de todos nosotros”. Tres narradores, con Alejandro López Andrada, para disfrutar de la buena literatura.