Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
JOSÉ GARCÍA PÉREZ

Paul Newman

 

 

 

         La muerte de Newman ha sido el mejor fin de su larga trayectoria. El buen hombre, el bello indomable, mandó recoger sus bártulos del hospital donde sesiones de “quimio” y “radio” intentaban detener a la que nunca tiene prisa, pero siempre llega, y enfiló el camino hacia lo ignoto en el interior de su casa donde, rodeado de los suyos y con los visillos a medio echar, esperó que su mirada azul, sin eutanasia y/o  suicidio asistido, dejara de iluminar.

 

         Por lo demás, ya saben, un fuera de serie que alentó con dignidad su fama, ya es difícil; que pasó haciendo el bien de verdad y haciendo que nosotros lo pasáramos mejor; que ejerció de Billy el Niño con su mano zurda; que fue judío en Éxodo; que paseó por la Quinta Avenida el campeonato mundial de boxeo de Rocky Graziano; que junto a Robert Reford nos encandiló con su póker tramposo en El Golpe; que cabalgó, como Butch Cassidy, y de nuevo con el rubio, hacia un destino marcado; que nos deleitó en Dulce Pájaro de Juventud; que sentimos la envidia sana con la gata de Liz Taylor en el caliente tejado de zinc, que pasamos con él aquel largo y cálido verano junto a su mujer Joanne y el dios Orson Welles; o en su última película “Camino de Perdición”, donde interpretando al viejo mafioso John Rooney, Paul espera la última ráfaga de su hijo adoptivo Michael Sullivan (Tom Hanks).

 

         Sin embargo, es en el mundo de las carambolas de billar donde me postro ante él con culto de latría. La última partida que “Fast” Felson (Paul), en El Buscavida, juega con el Gordo de Minessotta es una antología de cine supremo. Con la derrota por delante y el fracaso de una existencia en las pupilas, poco importa la claridad de sus ojos (blanco y negro).

 

 A los veinticinco años de El Buscavida, Scorsese retoma el tema del billar y nace “El color del dinero”, donde Newman, en el papel de un envejecido Felson, crea la carambola del Séptimo Arte y el Oscar, que siempre se le esfumó, es depositado en sus manos.

 

Pues no sé si terminar con el tópico de que estas personas nunca mueren del todo. Puede ser que sea así, pues estoy dispuesto a ver algunas de sus películas si las malditas televisiones, aunque sea de carambola, reponen algunos de sus milagros.