Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
JOSÉ GARCÍA PÉREZ

José García Pérez

 

 

         El 32365 ha dejado un reguero de millones de euros. Con esta clase de juegos quien más embolsa es Hacienda, y de rebote los agraciados con El Gordo.

 

         Este, el nuestro, es un extraño país que merma en lo posible el vicio de fumar, pero tiene, el Gobierno, una plantación de tabaco e impuestos con la que se pone las botas.

 

         Ayudan los ministerios, consejerías, delegaciones y consejerías, con recursos de todos a que los ludópatas no se jueguen hasta las pestañas y brindan a la ciudadanía, al tiempo que degusta un rico pampero, el mágico sonido de las máquinas tragaperras.

 

Las apuestas del Estado, Gobierno de España, nos acompañan en épocas de vacas gordas y flacas con las tentaciones del bonoloto, primitiva, quiniela, euromillones, el gordo, el combo y el quinigol.

 

La ONCE nos ciega, es lo suyo, con la posibilidad del cupón, cuponazo y el rasca. Las salas de bingo no retrotraen a una mesa con posibilidad de ligue y endeudamiento total, sea por el ligue o por el cartón, cuando se canta línea, bingo o ¿nos vamos?

 

La Lotería Nacional deriva la suerte al jueves o sábado, al Gordo y al Niño, a la participación, décimo, billete y serie, al lingote de oro y a los sorteos extraordinarios.

 

Todo es un negocio pulcramente montado para tirar por la borda, mi caso en este sorteo fallido a falta de ver la pedrea, algún ahorro con el que Solbes, antes Rato, desvía pingües beneficios hacia el insaciable nacionalismo de los territorios de Norte, donde, directa o indirectamente, la lotería siempre toca.

 

Y nos quedan los Casinos. Los que acuden a esos palacios del juego, al que los jugadores de diario llaman antros, son seducidos elegantemente por el crupier de turno de las ruletas americana y francesa con un sutil “no va más” que abre boca para la nueva jugada.

 

Todos, o casi todos, somos jugadores. Y pobre del que no juegue, porque nunca sabrá de la difícil posibilidad de ganar o perder, y es que la existencia, no la vida, es un auténtico juego.

 

Quién no perdió un padre, una madre, un hijo, un amigo, un amor?

 

No va más.