Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
JOSÉ GARCÍA PÉREZ

Fredéric Kanouté

 

         Kanouté es, hoy por hoy, el más elegante jugador del Sevilla F.C.

 

Alto (1,92) y delgado, adornado con el atributo de la tranquilidad, está capacitado para bajar de la delantera a la defensa con la frescura del que camina por un césped de ilusiones. Abajo, en retaguardia, defiende como nadie, o sea, sin el maldito golpe que le pueda definir como duro; en la medianía del terreno de juego, distribuye el balón con la solvencia de saber jugar de espaldas, hacer alguna obra de arte con la pelota y pasarla, con vista de águila, hacia el compañero mejor situado para la gran liturgia del fútbol, el gol; en la vanguardia, su sangre fría pone nervioso al contrario y ya en el último rectángulo de blanco perímetro, área pequeña y fatídica, la naturalidad de su destreza, adobada con su característica calma chicha, hace de Fréderic el jugador más letal de la liga española de fútbol.

 

         Es nacido en Francia, pero naturalizado en Mali y profesa la religión musulmana. Es creyente hasta la médula con la misma naturalidad con la que juega al fútbol, o sea, sin aspaviento y fundamentalismo. Su fe le hace ser querido y amado en la ciudad, Sevilla, que se basta a sí misma. Los niños se acercan a él, como al nacido en Belén, y por sus obras se le conoce.

 

         Entre ellas, es primordial para la “Fundación Kanouté” la creación de “La Ciudad de los Niños” en Barmaco, capital de Mali, en la que puedan instalarse un orfanato, un centro de salud y otro de educación y formación; atiende todas las peticiones de ayuda que le hacen y se entrega, desde el silencio, a la promoción de los desheredados.

 

         El pasado miércoles, durante el encuentro que se disputó en el estadio Sánchez Pizjuán entre  “Depor” y “Sevilla”, Jesús Navas lanzó un centro al área grande que cabeceó Diego Capel y Kanouté, como sin quererlo y casi pidiendo perdón, introdujo el balón en la portería. Miró arriba, al cielo, siempre lo hace, y como avergonzado mostró una segunda camiseta de afirmación de su fe y que no iba contra nadie. En ella, en tres idiomas, se leía: PALESTINA.

 

         Tan sólo diez segundos, no más, duró la silenciosa alusión a un problema que arrastra negra tinta en todas las rotativas del mundo, pero las nueve letras que mostró Kanouté han surtido más efecto publicitario que todas las columnas, de un signo y otro, publicadas hasta el momento.

 

         El árbitro le mostró tarjeta amarilla a Fredéric. Si el comité de competición de fútbol, o como quiera que se llame el organismo, consolida dicha amonestación habrá que sacarle tarjeta roja a los mandamases del fútbol nacional.