Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
JOSÉ GARCÍA PÉREZ
EL ARTÍCULO QUE SE PUBLICA ES UN CAPÍTULO DEL LIBRO "18 HORAS CON TEJERO" DEL QUE ES AUTOR JOSÉ GARCÍA PÉREZ, COORDINADOR DE PAPEL LITERARIO

Editorial ALGAZARA

 

         “Cuando pequeño, a falta de otros juegos, los chavales de la pandilla del Zorro nos reuníamos en la playa de San Lorenzo y jugábamos a ver quién lanzaba más lejos el chorrito.

 

         Siempre nos ganaba mi amigo Santamaría que, aguantando el órgano y las ganas, lanzaba el pipí a una distancia aproximada de 2 o 3 metros mientras cubría una trayectoria parabólica perfecta.

 

         Yo quedaba siempre en segundo o tercer lugar. Nunca conseguí vencerle. Aún hoy, pasados tantos lustros, soy capaz de lanzar el chorrito a una distancia envidiable para los de mi edad.

 

         No se trata en este juego del tamaño del órgano, sino de la sabia preparación y concentración necesaria para el despegue. Es el instante del impulso y una presión pausada lo que facilita lograr una meada perfecta y de autoestima. ¡Qué tiempos aquellos!

 

         Pasadas unas horas, no muchas, de la irrupción en el hemiciclo de las tropas de Tejero, sentí ganas de evacuar aguas menores. Fui aguantando como pude, pero llegó un momento en que la situación se hacía insostenible. Sé por propia experiencia que, a veces, con un proceso de autosugestión puede uno ir venciendo ese deseo.

 

         Ya me pasaba en los tiempos de estudiante en La Salle, cuando para pedir permiso, uno tan sólo tenía que levantar el brazo con dos dedos de la mano extendidos. El hermano, siempre pendiente del orden establecido, concedía o no el permiso sin saber yo jamás qué criterios era los que manejaba. Después de varios intentos, existía una manera de conseguir su augusta magnanimidad.

 

         Se ponía uno en pie de forma súbita, cara desenfrenada, una mano extendida y la otra agarrándose el paquete, al tiempo de lanzar dos exclamaciones secas y contundentes: ¡hermano!, ¡hermano! No fallaba, el premio era concedido.

 

         Estando, pues, con este problema, miré al brigada. Me pareció ver la cara del fiero hermano Abundio, aquél que un día consiguió que mi amigo Lirola se meara piernas abajo. Su cara no era el espejo del alma, era peor. Seguía con la metralleta sujetada al hombro y descansándole en la mano derecha. Se veía una plena satisfacción en su rostro, como la que queda después de una micción aguantada.

 

         Pensé en cómo decírselo. Pude decir: mire mi brigada…, pero aquello sonaba a fértil pelotilleo, de manera que desistí; pude, como en el Colegio, alzar la mano con dos dedos extendidos y decir: … por favor, puedo ir la water?, pero me parecía ridículo; pude levantarme sin más e ir hacia los servicios que estaban situados en la parte alta del hemiciclo, pero yo no soy el Gary Cooper de Solo ante el peligro. De manera que, echándole valor al asunto, opté por decirle -¡oiga!

 

         El, acercándose, me dijo: -¡diga! -mire Vd, es que tengo necesidad de ir a los servicios. Sonrió el muy ladilla y contestó: ¡vaya!

 

         Tuve que pasar junto a Manuel Clavero que seguía en proceso de observación y desperté, sin querer, al santo de don Hipólito que estaba dando una cabezada. Blas Piñar no se encontraba en aquel momento en el hemiciclo.

 

         Al iniciar la subida de los 6 o 7 escalones que conducen hasta los servicios, se acercó el brigada y me dijo: espere, por favor. Llamo a un guardia de primera que estaba en el hall: Benítez, acompañe a su señoría. Creo que lo de su señoría lo dijo en cachondeo.

 

         Benítez también llevaba otra metralleta. Tenía cara de guardia civil de pueblo; de esos que se quitan el uniforme y el tricornio y parecen gente sencilla con los que, en mis tiempos de maestro, echaba alguna partida de dominó y hasta me atrevía a ganarles. No sé que es lo que tiene el tricornio, que en cuanto se lo colocan no los conoce ni la madre que los parió.

 

         El bueno de Benítez entró conmigo a los servicios. Yo andaba buscándome la pilila; la verdad es que no la encontraba. Apareció en forma gusanillo insignificante e irrisorio. Me concentré. Abrí algo más las piernas buscando un descanso más relajado. Tosió Benítez. Miré hacia el techo. Nada. La miré y no la vi. Suspiré. Benítez encendió un cigarrillo. Recordé los lejanos tiempos de la playa de San Lorenzo. Conseguí iniciar la micción. No alargaba nada. Intenté sacudirla. La recogí muy húmeda. La cremallera funcionó mal.

 

         - ¿Ya?, preguntó Benítez

         - Sí, gracias.

 

         Volví al escaño. Pude estar todo el tiempo que duró el golpe sin pedir permiso al brigada. Siempre he tenido la sensación de conocer a Benítez”