Revista Digital de Literatura y Crítica Literaria

        
JOSÉ GARCÍA PÉREZ
MIÉRCOLES SANTO

Cristo de la Expiración

         La fe y la religión son los parámetros en los que se desenvuelve la vida del creyente. Los que saben en demasía de estas cosas, teóricos y teólogos, afirman que la fe por sí sola salva y que una pizca de ella es cantidad suficiente para mover montañas de un sitio a otro, mientras que los mismos reducen el hecho religioso al peyorativo mundo de los “beatos”. Y andan equivocados cuando separan ambos conceptos, o sea, fe y religión.

 

         La fe es la piedra angular y la religión es rito, liturgia y culto sobre la que se sustenta externamente aquella, la fe. No pueden separarse ambos conceptos. Fe es resurrección, misterio que no puede ser percibido por los sentidos. Religión es preludio de la resurrección, o sea, ceremonia sensual del dolor y de la muerte que sí puede ser aprehendido por el otro, el extraño.

 

         La Semana Santa de esta ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia, es la representación pública de la muerte y pasión de Jesús de Nazaret, de su gran sufrimiento y de su dolor. En eso consiste nuestra Semana Mayor, en que el público asistente sienta como suyo el dolor del Hijo, el llanto de la Madre, la sentencia de Pilatos y la traición de Judas Iscariote.

 

         Las cofradías vienen, pues, a convertirse en los corresponsales de guerra que nos presentan los ángulos más aterradores de aquel conflicto del Hombre abandonado por voluntad del Padre. No busquemos más ni menos en nuestras calles, sino el culto a la muerte en su camino al esplendor de la fe, la resurrección.

 

         Y de todas las imágenes, ninguna como la del Cristo de la Expìración que se exhibe hoy, Miércoles Santo, por nuestras calles. Expiración, o sea, acto último del instante anterior a la muerte, secuencia sagrada al hecho de querer asirse a la vida, deslealtad de Dios, desamparo del Padre al Hijo, presentación del Hombre abandonado a su suerte y fuga del último aliento.

 

         Esa es nuestra Semana Santa. Discutida por algunos y aceptada por otros, algo así como la propia muerte.

 

         Semana Santa, rito que nos ayuda a que posibilitemos la Resurrección, nuestra propia divinidad